¡Gracias Carlos por ser mi papá!

Eduardo Rivera recuerda cómo se entero de que su padre en realidad no lo era, pues el amor incondicional que don Carlos le profesaba lo forjó para ser un hombre de bien

Yamilet Gámez

El Mundo de Orizaba

Región.- La frase “Padre no es que el que engendra, pero sí el que cría”, retumban en muchos lugares y quien tiene muy claro este concepto es Eduardo Rivera.

Él recuerda que desde su infancia estuvo rodeado de una familia amorosa, su papá don Carlos Jiménez, su mamá, abuelos paternos y maternos, hermanos menores, tíos y primos que siempre lo trataron como cualquier otro miembro de la familia.

Sin embargo, cuando fue mayor y por comentarios de algunos compañeros de escuela, se dio cuenta que sus apellidos no eran iguales a los de sus hermanos más pequeños y tampoco coincidían con los de su papá.

“Me generó confusión descubrir que mis apellidos eran muy diferentes a los de mis hermanos y los de mi papá, tendría como unos ocho o nueve años y no lograba comprender porque para mí, mi familia siempre había sido la misma desde que era pequeño, la familia de mi papá siempre me trató sin ninguna distinción, no comprendía los comentarios que escuchaba de algunos compañeros y vecinos qué me decían que mi papá no era mi verdadero papá.

Mis padres hablaron conmigo y me dijeron que no le dirá importancia a lo que me decían los demás, que ellos me querían mucho y que después me iban a explicar”.

El tiempo pasó y cuándo llego a la adolescencia, su mamá le platicó que su padre biológico se alejó de ellos desde que él apenas tenía dos años.

“Mi madre me dijo que ella hizo todo lo posible por mantener a su familia unida, a pesar de que mi papá biológico la maltrataba y no me daba una buena vida, ella soportó mucho pero no consideró que fuera sano para mí convivir con un padre alcohólico y agresivo, que por más ayuda que se le brindó, no quería cambiar y aceptar su responsabilidad”.

Con los años la vida cambió para Eduardo y su mamá, ella conoció a buen hombre y su hijo comenzó a crecer con una figura paterna, sin que el hecho de que no fuera su hijo biológico tuviera importancia.

“En mi casa nunca hablábamos de eso, desde que tengo uso de razón los papás de mi papá son mis abuelos, los hermanos de mi papá son mis tíos y con mis hermanos más chicos el trato siempre fue igual, nos consentían y nos regañaban por igual”.

Ahora que Eduardo es mayor, comprende mejor y agradece tener al papá que la vida le permitió, pues considera que su padre siempre ha sido atento, cariñoso y ejemplar.

Y admirable la disposición de convertirse en proveedor, sostén, guía y responsable de su formación, asumiendo tareas por decisión propia, compromisos como la salud, educación, convivencia, estando al tanto de lo que necesite Eduardo y sus hermanos durante muchos años.

“Para mí es admirable como mis padres manejar la situación y agradezco mucho tener a mi papá y que toda su familia me haya aceptado, yo siempre me sentí parte de ellos, aunque la sangre no nos une”.

Existen diferentes casos como el de Eduardo, en donde por fortuna encuentran a padres que cumplen a cabalidad con rol y trabajo que implica para mantener a la familia, siendo posible aun sin el lazo sanguíneo el afecto o cariño por los hijos de los que se hacen cargo.

“Tanto mi mamá como mi papá siempre me trataron de explicar las cosas y se aseguraron que yo no guardara rencor a mi padre biológico, y de que no me sintiera diferente, que apreciara y mantuviera ese vínculo y amor por mi papá biológico, aunque son sentimientos diferentes por el hombre que me trajo a este mundo y el hombre que siempre ha estado desde que era muy pequeño, quien me enseñó todo lo que sé y ayudó a formar mi carácter y forma de ser, quien está en las alegrías, tristezas, quien ha celebrado mis triunfos y me ha consolado en los fracasos”.