El pozo en el jardín

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Desde El Portal

 

Marcela Prado Revuelta

En el entonces pequeño y hermoso pueblo de mi Padre, todas las casas tenían su pozo. En casa, era un brocal de piedra, con la polea para la “reata”, la cubeta que se cambiaba a cada rato y, junto, un tanque y el lavadero de la ropa. (El de los trastes estaba en otro lado)…Junto al brocal florecía un rosal maravilloso.
Todos los niños recibíamos órdenes perentorias: “¡No se acerquen al pozo!”. Era inútil. No había nada más fascinante que intentar, entre muchos niños, empujar la tapa, de madera y forma redonda y asomar la nariz para ver hasta dónde llegaba el agua… A veces, el pozo se veía lleno y, a veces, el agua apenas se vislumbraba. Entonces, había otras palabras de los padres, tíos, abuelos y Macrina, (la muchacha que torteaba las tortillas), que provocaban una estampida de niños que terminaba en el naranjo del traspatio, donde nos sentíamos a salvo entre sus ramas.
Cuando el agua estaba “hasta por allá”, sabíamos que había comenzado “la seca”, “la canícula” y entonces era, para los niños, otra fiesta: podíamos montar en Gris, el burrito, y acompañar a “La Mosca”, el peón, hasta el río a llenar los tambos de agua, chapotear alegremente, ¡vestidos!, (los que nos provocaba otra regañiza) y regresar empapados pero felices, esta vez a pie porque Gris venía cargadísimo y disfrutar el agua limpia del río… Otros tiempos y no tan lejanos…
Toda la vida he añorado aquel pozo, dentro del cual sabía que estaba el agua. A veces mucha, a veces poquita… Pero había…
Luego, ni modo, crecí. Entonces supe que canícula provine de la constelación Can Mayor y su estrella Sirio, “La Abrasadora” y el calor abrumador, abrasivo e intolerable que provocan, que coincide con el solsticio de verano y ahí se atoran mis referencias, porque hace mucho calor y no alcancé a bajar el otro diccionario, que es muy pesado…
Pero quizá se preguntan ustedes que carambas tiene que ver el pozo de mi infancia con estos tiempos… ¡No hay agua!. Nos estamos acabando el agua.
No puedo hacer referencia a las otras ciudades, grandes y pequeñas, los pueblos, grandes y pequeños, en que no hay abasto de agua.
Pero si puedo hacer referencia a que, en esta casa de usted, (en Veracruz, en este momento a 35 grados), no hay abasto de agua…
Eso sí: he pagado el servicio de agua, un año por adelantado, para evitarme el “colerío”, el peligro de contagio en estos momento y ponerme de mal humor. De que ya han cobrado las compañías repartidoras me consta en cartera propia…
Pero explíquele usted a los miles de habitantes del Estado de Veracruz que no tienen servicio de agua. Que no tienen cisterna porque sus recursos no lo permitieron.
Que no tienen con que comprar una pipa de agua para llenar el tanque o los tambos de plástico que cuestan una millonada.
Explíquele esto a las familias que precisan el agua, todas, pero en algunos casos más, cuando hay enfermo en casa.
Y explíqueles usted, además, la falta de medicinas, la falta de estrategias, la “falta” de médicos, pero sobre todo, intente explicarles la falta de vergüenza.
Sigo añorando aquel pozo de mi infancia…