Historia de dos juanes

 

Por José Antonio Márquez González

Mister John
Mi primer personaje tiene un nombre común, pues simplemente se llama Juan. O John, puesto que era inglés. Publicó sus escritos en forma anónima, como huyendo de la fama –o tal vez de la responsabilidad–. Educado en la ética rigurosa de una familia puritana, tenemos razones importantes para pensar que por alguna razón desconocida detestaba la formación escolar obligatoria. Se dedicó pues por su cuenta a estudiar teología, aunque terminó de médico. De hecho, se han calificado sus ideas como las de una persona sumamente moderada, y quizás ello fue determinante en su búsqueda persistente del sentido común que se advierte en toda su obra.
Fue discreto aun en sus más grandes logros. Por ejemplo, en su doctrina de la división de los poderes del Estado y en su subordinación al legislativo, y por tanto, a la voluntad popular; en el derecho a la revolución y en la defensa decidida de la propiedad privada. Pero tal vez sus logros más espectaculares tengan que ver con su contundente determinación de los derechos esenciales del hombre. Apenas en el capítulo dos de su célebre libro Ensayo sobre el derecho civil, enumera los tres famosos derechos inalienables, imprescriptibles e irrenunciables: derecho a la vida, derecho a la libertad y derecho a la propiedad privada. Muchos años después –80 para ser exactos–, este memorable pasaje de su obra serviría de inspiración en la redacción del Artículo Quinto y de la Primera Enmienda de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América y de su famoso Preámbulo.
Míster John padecía de asma. De hecho, los climas de Oxford y Londres eran lo peor para su salud, de manera que viajó al sur de Europa buscando un clima más favorable. En un gigantesco medallón que de él se conserva, míster John aparece ojeroso, cansado, flaco y demacrado. Está vestido de manera informal con una camisola de cuello alto sin abotonar y con una capa oscura cubriendo sus hombros y su pecho. Tiene el pelo visiblemente largo y canoso, sin peinar, con una barba de chivo completamente blanca. Con una mirada bondadosa y cansada, mira distraídamente a su izquierda en una actitud expectante y algo descorazonada.
Su proverbial discreción, aunada a su salud tan delicada y a su innegable modestia, le hizo rechazar cargos políticos importantes que ningún otro en su sano juicio hubiese rehusado. Terminó por vivir en el campo, donde siguió publicando en forma anónima. Publicó además un Ensayo sobre el entendimiento humano que le costó muchos años escribir.
John Locke –que tal era su nombre completo– murió escuchando versículos de la Biblia y casi sin dar molestias a sus familiares, como temiendo importunarlos. Ellos fue un ejemplo más de la moderación que en efecto había presidido toda su vida personal, académica e intelectual.

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Monsiur Jean
El otro Juan, es decir Jean, era ginebrino. Su nombre de pila era Jean Jacques. Juan el ginebrino era todo lo contrario a Juan el inglés. Hijo de un relojero de Ginebra, trabajó en su temprana juventud –no lo va usted a creer– en una notaría. Pero muy pronto decidió que la vida ordenada, aburrida y monótona de un escribano no era para él. Así, su afán aventurero lo hizo recorrer también las más hermosas ciudades italianas.
En un momento determinado empieza a escribir, primero sobre educación, y luego sobre música, artes, reportes políticos, una novela… Conoció por ese tiempo a una baronesa de nombre Francisca Luisa, con la cual inició una profunda amistad –y mucho más–. A partir de aquí llevó una vida sentimental agitada que él justifica en forma cínica diciendo que su porvenir profesional e intelectual dependía de su cercanía con damas de la alta sociedad –una especie de mecenazgo académico–.
Como tuvo muchas mujeres, tuvo también muchos hijos. A todos invariablemente los enviaba a los orfanatorios, convencido de que era responsabilidad del Estado proveer a su educación y sustento. Desde luego, nunca mandó a sus hijos –por esta misma razón– a ningún jardín de niños, ni a ninguna escuela, ni academia, ni universidad, ni nada parecido. Al final, su vida sentimental tuvo un desenlace completamente inesperado: ¡se casó con la criada de su casa!
Monsieur Jean probó una gran variedad de oficios e incluso trabajó como músico, despreciando toda educación técnica o humanista, viajando por toda Europa y durmiendo a veces a la intemperie. Buena parte de su vida la consagró a la labor diplomática, lo cual iba más de acuerdo a su personalidad.
En cuanto a sus convicciones religiosas –de haberlas– eran algo inseguras, pues cambió de religión pasando del protestantismo al catolicismo y luego regresando otra vez al protestantismo, mientras continuaba su conducta disipada con damas de la alta sociedad y múltiples dramas sentimentales. En efecto, Juan el ginebrino se vería envuelto en continuos problemas amorosos, sociales y políticos hasta su muerte.
Una lectura fortuita y el deseo de participar en un concurso cambió radicalmente su vida algo disoluta. Decidió participar con una idea que bullía en su cabeza acerca del origen de la esencia “naturalmente buena” del hombre y la irrupción de las nuevas tecnologías de su época. Una vez redactado, lo envió a Dijon. Para su sorpresa, el ensayito fue premiado con el primer lugar y con el pago de una modesta cantidad en efectivo.
Un retrato suyo nos lo presenta como un hombre en su madurez, atractivo, con rizos en el cabello, una mirada muy segura de sí mismo y un mohín confiado. El gesto se mantiene en una sonrisa algo irónica, algo cínica, de un hombre sin duda inteligente y erudito. Jean está elegantemente vestido con una camisa beige de botones forrados y con un saco aterciopelado de grandes botones y cuello alto sin solapas. Aparece con grandes botas de montar, el sombrero descansado en la pierna derecha y pantalones ceñidos de intenso color oscuro aterciopelado. Al fondo se observa un paisaje agreste entre rocas y pinos con una pequeña ciudad portuaria a lo lejos.
Como John el inglés, su contraparte ginebrina debe su ingreso a la historia a una famosa frase que idealiza los derechos de liberté, egalité y fraternité, y sobre todo a su inverosímil anécdota del “buen salvaje”, es decir, a un original “estado de naturaleza” que el hombre primitivo poseía, como un ser bueno e ingenuo –según él– hasta que hubo de contaminar su carácter con la realidad de un medio ambiente feroz y la convivencia con sus semejantes. Llegado lo cual Juan, el ginebrino pudo inventar esta deliciosa anécdota que, paradójicamente, lo elevó al cielo de los inmortales. Una anécdota inverosímil, pero deliciosa, según se ve…

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Dos tipos, Juan y Juan. Uno inglés; el otro ginebrino. Muy distintos físicamente; muy distintos –también– en su conducta y actitud, pero sin duda afines en sus inquietudes intelectuales, en su pensamiento filosófico y político y sobre todo en la premonición avanzada de tiempos revolucionarios. Juan el inglés aportó su influencia profunda en la democracia y en el constitucionalismo americanos; a su vez, Juan el ginebrino comenzó a perfilar el convulso ambiente revolucionario que, a su muerte, hubo de desatarse en París.