Las Heroicas jornadas de mayo de 1821 1ª. Parte

Adriana Balmori de Amieva
PRELIMINARES
La proclama de independencia de Hidalgo en 1810, llega a la Villa de Córdoba como un eco lejano y tiempo después, la sienten distante; la zona sigue con su vida cotidiana sin mayores sobresaltos. Cierto es que quienes viajan a España o Francia y pasan por la villa, regresan ya con ideas menos conservadoras, pocos son los que van a la metrópoli y ahí se enteran de las nuevas inquietudes de muchos y así es como se van filtrando poco a poco los aires independentistas. Es hasta 1812, cuando en la zona se advierten movimientos armados, escaramuzas y refriegas. En la Constitución de Cádiz, recién firmada ese año, que también regía a la Nueva España, ya brillaban las mismas ideas de independencia promovidas por los diputados novohispanos y americanos en general, que eran liderados por el sacerdote representante de Coahuila, Miguel Ramos Arizpe y entre los que también figuraban el historiador Lucas Alamán, el teólogo Fray Servando Teresa de Mier y representando a Veracruz, don Joaquín Maniau; todo ello tuvo repercusión en el ánimo y el criterio de los cordobeses.
Los primeros atisbos de lucha en la región empiezan en 1812, cuando llega a Córdoba el teniente coronel realista José Manuel Panes que venía en retirada de Orizaba. A partir de entonces, se sucedieron algunas escaramuzas en la Barranca de Villegas (Rancho Fortín de Villegas), la Hacienda de Monte Blanco o en Río Seco. En este año es significativa fecha, el 28 de octubre, la toma de Orizaba a manos de don José Ma. Morelos, por lo que el coronel Andrade jefe realista de esa plaza, se refugia en Córdoba con los únicos 16 soldados con los que pudo escapar. Al año siguiente, 1813, la presencia de Nicolás Bravo en el vecino pueblo de Coscomatepec, entusiasmó también a los cordobeses lo que hizo que muchos viajaran a la vecina población para conocerle y supo granjearse de tal manera su voluntad que según cuenta el padre Isassi, “muchos regresaban prendados de don Nicolás y hasta ofrecían suscripciones para remitirle reales para subvenir la indigencia de su tropa”.
Un aciago día, el 17 de febrero de 1817 llega por primera vez a la Villa de Córdoba, el coronel Francisco Hevia, venía con su batallón de Castilla y algún grupo de caballería, a hacerse cargo de la plaza. Precedido de una bien ganada fama de diestro militar y acendrado realista, que sembraba terror y espanto a su paso.
Muy duras fueron las condiciones en las que se vivieron estos años por el despótico gobierno, sin embargo alguna esperanza les dio la firma de una nueva Constitución en España en el año1820 y que en junio de ese mismo año había sido jurada en Córdoba, y a las Cortes Españolas, se había integrado representando a Veracruz, el eminente teólogo, botánico y científico políglota cordobés, Dr. Pablo de la Llave y Fernández de Ávila, de ideas liberales y tío del futuro héroe y gobernador del estado, Ignacio de la Llave de Segura y Zevallos.
Más grande aún fue dicha esperanza al recibir las noticias de febrero de 1821: la casi extinguida lucha por la libertad se veía reavivada por las acciones de Agustín de Iturbide, ya que había pactado con Vicente Guerrero en el sur, proponiéndole su recién elaborado Plan de Independencia de la América Septentrional​, que el día 24 proclamó en Iguala, y más tarde sería conocido como Plan de Iguala. También se supo que logró reunir a los ejércitos insurgente y realista en uno solo, ahora llamado Trigarante o de las Tres Garantías: Religión, Independencia y Unión, y que además, había diseñado y mandado a hacer una bandera para la nueva nación independiente.
Aunado a lo anterior y para mayor júbilo, Hevia es llamado a México por el gobierno, dejando en la comandancia de la Villa al teniente coronel Miguel José Bellido, con la circunstancia de no quedar ni un solo soldado en Córdoba, por lo que Bellido pidió a toda la población que se armara, a lo que rotundamente se negaron. El Ayuntamiento apremiado por éste, tuvo que pedir refuerzos a Veracruz de donde les mandaron 50 hombres del Batallón Asturias que estaban en San Antonio Huatusco.
La insurgencia se hace cada vez más fuerte y por ello, vuelve el temido coronel Hevia, apodado “el león ibérico”, a combatir y apaciguar la región. Hevia se sentía seguro, se sabía temido y conocía los recovecos de la plaza, pero, en esta ocasión, cuando creía que sólo iba a llegar a poner orden y retomar su puesto se encontró con una villa en alerta, fortificada y dispuesta a defenderse.
Continuará…

Seminario de Cultura Mexicana