El ritual del baño sabatino

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Héctor Efraín Ortega Castillo

Sábado, muy de mañana, incluso antes de que salga el sol, tras el febril y sonoro kikiriki del gallo de corral, allá en los tiempos de la Canica, la Señora de la Casa levantábase del tálamo nupcial, seguida de su señor marido.
Con el trinar de los pajarillos, comenzaban entonces a despertarse los demás miembros de la casa. Unas poderosas manos izaban desde el brocal del pozo familiar –merced al conocido mecanismo de las poleas—cinco, seis, siete, ocho y hasta más baldes con agua que a continuación calentábase en ollas de cobre, lo que garantizaba un rápido caldeamiento.
En tanto, se iban recorriendo todas las habitaciones, cerrando casi a piedra y lodo puertas y ventanas para evitar que se colase cualquier “chiflón” que pusiera en peligro la salud del señor, el cual tomaba su infaltable baño.
El Señor de la Casa, Rey del Castillo, apeábase del camastro relleno de plumas y se investía con una bata de la mejor seda de importación, adquirida probablemente en el almacén El Puerto de Veracruz, en México; calzaba sus pantuflas y bajo el brazo se colocaba una toalla; se quitaba su bigotera y acariciaba su portentoso mostacho, símbolo de virilidad, emblema de elegancia y tradición familiar entre los hombres de su estirpe desde la Colonia.
Erguido, altanero y silencioso, avanzaba a través de los pasillos hasta el llamado “cuarto de baño”: cuchitril donde solían guardarse todo tipo de aditamentos caducos e inservibles, pero que aún podían tener alguna utilidad.
Esperábanlo en pie, ayudándolo a quitarse la bata y dejándolo en tan solo un mameluco de lana que lo cubría desde el cuello hasta la pantorrilla. El Señor metía un pie y luego el otro, para probar la temperatura del agua, contenida ya entonces en una vieja tinaja de zinc o bien de aluminio, pero suficientemente amplia para que cupiera un hombre sentado.
Previamente, se había hervido flores de azahar con canela, o pétalos de rosa, o flores de gardenia para aromatizar el agua de baño, en la cual aún podían verse flotar hojas y pétalos. Auxiliado por una jícara, una asistente vertía agua en la testa del patrón, sentado ya a sus anchas, y le enjabonaba la espalda, inalcanzable para todo ser humano y que entre los varones bien nacidos solía heder con un tufillo de sudor y grasa animal, o a humores diarios.
El Señor de la Casa enjabonábase con una pastilla de hechura casera; quitábase el mameluco y con un estropajo se tallaba con fuerza para retirarse las impurezas semanales. Chorreando agua aromatizada por doquier, emergía calado de la cabeza a los pies para cuidadosa y largamente secarse toalla en mano.
Una vez cumplido este paso, se vestía con su camisa y pantalón y aún se envolvía con su bata para salir del Cuarto de Baño, cosa que no hacía sino hasta que el cabello estuviese perfectamente seco, pues sabido era que los resfriados también entraban por la cabeza húmeda.
Un espejo de mano lo ayudaba en el acicalamiento facial, parte del cual consistía en alacranarse los bigotes con cerumen o cerilla de las orejas (es en serio). Pasadas ya dos horas o hasta tres desde el momento en que cantó el gallo, el Señor emergía de su aseo.
La casa podía volver a orearse, abriendo puertas y ventanas, una vez que el límpido y perfumado patrón se hallara en su Biblioteca, donde se encerraba hasta entrado el medio día y donde nadie podía ingresar.
Se atizaba una copa de coñac –sin hielo, que ni se es “gringo” ni oso polar–, la pipa con rapé o un puro de
Orizaba, La Habana o de San Andrés Tuxtla y la discreta lectura de “Commentaria Scripturam” de Cornelius A.
Lapide o quizás “El Correo Ilustrado”, amenizaban los postreros momentos del ritual del baño del Señor.