Nihilismo: Muerte cósmica

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Por muy diversas y fundadas razones, una de las experiencias más comunes en estos días es la de la banalidad de la vida. La humanidad ha vivido una de las peores crisis de su existencia. A la incertidumbre que ha sembrado la constante amenaza de una guerra “total”, al temor que ha brotado de un colapso universal (o, al menos, mundial) producto de la continuada y absurda destrucción a que hemos sometido a la naturaleza, a la constate preocupación por los anuncios de que estamos cada vez más inermes ante la inminencia de una “invasión” de esos minúsculos demonios (convertidos en virus) que se apoderan de nuestro cuerpo y lo destruyen en días u horas, y ante la acumulación de incertidumbres que cada día nos amenazan, es entendible que, especialmente entre los jóvenes, cunda ese modo de pensar que se conoce como nihilismo.

La misma palabrita ya es temible, por rara y esotérica. Derivada del vocablo latino nihil (léase, niquil, ‘nada’), el nihilismo se hace moda, pero sus semillas echaron las primeras raíces hace muchos siglos, allá por el V a.C., con un simpático filósofo: Gorgias (483-375 a.C), originario de Leontini. El nihilismo se define como la doctrina que afirma, fundamentalmente, tres tesis: nada existe; si algo existiera, no lo podríamos conocer; si algo conociéramos, no lo podríamos expresar.

Gorgias, aun sosteniendo tesis tan radicales, no carece de razones para fundamentar su doctrina. En efecto, dice, nada existe, pues si algo existe, o es engendrado o es ingénito, es decir, no ha sido engendrado, es eterno. Si es engendrado, tendría o que ser engendrado por otro ser (y eso se llama tautología, y no hablamos de un ser, sino de “el ser”), sería eterno e infinito, o es engendrado por el no-ser, es decir, es engendrado por la nada… Si ni es engendrado ni es no engendrado entonces no queda sino concluir que el ser no existe, que nada existe.

Enseguida, si algo existiera, no lo podríamos conocer. Porque, o el ser es lo mismo que el pensar o es distinto. Si fuera lo mismo, tendríamos que aceptar que existe todo lo que se piensa, incluso lo absurdo o inverosímil: nomás: toda la literatura “fantástica”, empezando por Alicia y su país maravilloso… Si no es lo mismo el pensar y el ser, entonces son distintos. Y si son distintos y el ser existe, el pensar, al ser distinto, es no-ser, es decir, nada…, no existe, no se puede conocer nada.

Y, para rematar, si algo se pudiera conocer, no se podría expresar. Porque, si decir es lo mismo que pensar, todo dicho sería pensamiento y todo pensamiento sería dicho, comunicable. Y ya sabemos que, por lo menos, no todo lo que se dice se piensa… Por eso, al expresarnos, no comunicamos cosas, sino solo palabras que son algo distinto que las cosas., y, si estas son seres, las palabras no son seres, es decir, no existen…

Vamos, que para ser nihilista en serio se necesita hacer un malabarismo increíble, es lanzarse al vacío sin red protectora…. Es defender la muerte cósmica. Por esta razón, el nihilismo es más bien que una doctrina, la ausencia de toda doctrina, algo racionalmente incomprobable, o improbable, imposible.

Poniéndonos en forma, para encontrarle el talón de Aquiles al nihilismo no hace falta sino tomarlo por la cola, empezar por el final: si algo existiera no lo podríamos expresar, pero resulta que ya se está expresando algo, que sí podemos comunicar algo, y si lo podemos expresar, es porque lo podemos pensar, y si lo podemos pensar, es porque existe… Y llegamos al final del cuento.

Por estas razones, el nihilismo total, radical, es imposible, es un contrasentido y no hay un fundamento racional para poder montarse en él. Tenemos que concluir que el nihilismo es una postura, una “filosofía práctica”, que se asemeja al escepticismo de conveniencia, pero no de conciencia.

Ser nihilista puede resultar un buen refugio para quien está decepcionado de la vida, de la humanidad, de las religiones, de la ciencia, de la educación, de los gobiernos, de los partidos políticos, del matrimonio, de los hombres, de las mujeres, de los papás, de los hijos, de los maestros, de los alumnos, de los artistas, de los escritores, de los periodistas, de todo…, hasta de sí mismo.

O de casi todo…, como confiesa un escéptico-cínico-nihilista famoso: el rumano Emilio Ciorán: “Uno puede dudar absolutamente de todo, uno puede reafirmarse como nihilista, y sin embargo enamorarse como el más grande de los idiotas. Esta imposibilidad teórica de la pasión que, en la práctica, queda desmentida, hace que la vida posea cierto encanto indiscutible, irresistible. Sufrimos, reímos de nuestros sufrimientos, hacemos lo que nos venga en gana, pero esta contradicción fundamental es tal vez finalmente lo que hace que la vida valga la pena de ser vivida…” (https://www.bloghemia.com/2022/01).

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