Estudiar con hambre

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Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Dijo una verdad la señora Delfina (sí, nuevamente la de los descuentos): hay en el país una enorme cantidad de escuelas oficiales (y muchas particulares también) que están funcionando en condiciones lamentables, no solo educativas, sino también materiales. Hay miles de escuelas que carecen de las condiciones más elementales: aulas (casi jaulas) sin suficiente iluminación, con paredes de carrizos o tablas, piso de tierra, ventanas sin cristales, sanitarios verdaderamente asquerosos (cuando existen), sin materiales didácticos, con las computadoras que alguna vez recibieron (si acaso), absolutamente deterioradas o anacrónicas, etc., etc.

Esto es muy cierto. También lo es que hubo un programa que buscaba dotarlas de una infraestructura digna, asignando directamente los dineros a las sociedades o patronatos de padres de familia para que estos fueran quienes contrataran a particulares que efectuaran esos arreglos. Los resultados fueron muy irregulares: hubo casos en que los padres de familia lograron llegar al objetivo planteado, pero también sucedió que, o bien los responsables malgastaron el dinero (si es que no lo usaron para beneficio personal), o bien contrataron a individuos o empresas que los defraudaron y el dinero se hizo nada.

Desde entonces, los centros educativos oficiales fueron abandonados a su suerte. Los padres de familia, sobre todo en las comunidades rurales e indígenas, apenas si tenían tiempo y recursos para enfrentar sus propios problemas familiares. Con un constante deterioro de sus ingresos, con enormes sacrificios para hacer producir la parcela, el predio, el negocito, la venta de comestibles en la calle, o trabajando día tras día en labores duras y precarias, apenas si lograban reunir unos cuantos pesos para solventar todos los gastos familiares, estos sí, cada día más elevados, cada día más inaccesibles, más lejanos: alimentos, servicios, transporte, medicinas, ropa, etc., etc. Muchas madres de familia, tratando de apoyar esa miserable economía familiar (y peor siendo madres solteras o solas), tuvieron que aprovechar el tiempo en que los hijos asistían a la escuela para salir a vender sus productos o emplearse en quehaceres eventuales.

Al establecerse hace 15 años el programa de Escuelas de Tiempo Completo, esos 3.6 millones de niños que llegaban al salón de clases sin pan en su estómago, y  en él permanecían unas escasas cuatro horas, de pronto se encontraron con dos alimentos y un horario extendido que les permitía entrarle al arduo trabajo escolar con un poco de menos pobreza y un poco más de atención. Al mismo tiempo, los maestros, especialmente del medio rural e indígena, que vieron extendido su horario laboral, recibieron un estímulo económico que mucho también les hace falta.

Pues bien, ese auxilio para niños, padres de familia y maestros, si bien escaso y limitado, se fue al bote de los desperdicios sexenales. No hay dinero para eso, no hay recursos para darles un poco de pan a 3.6 millones de niños; no hay presupuesto para darles unas horas más de clase y remediar así el lastre cultural que arrastran; no hay dinero para que los niños permanezcan unas horas más en la escuela y así las mamás puedan caminar más y más calles, sendas y veredas para ofrecer sus pobres productos, su fuerza de trabajo; no hay dinero para que los maestros atiendan y remedien lo que un horario normal no puede dar a sus alumnos. Se acabó el dinero…

Ni siquiera el anterior secretario de Educación, quien, salido de una televisora, no tenía ni los conocimientos ni la experiencia ni la capacidad para ocupar ese importantísimo cargo, fue insensible a esas perentorias necesidades de esos 3.6 millones de niños que son, lo repetimos, los más necesitados del país. Aun ese señor, que no sabía decir correctamente ni siquiera la palabra “leer” y que tenía por principal quehacer llevarse la SEP a Puebla para complacer a su jefe (quien, entre otras muchísimas cosas más, eso había prometido); ni siquiera aquel señor, limpio, impoluto, perfumado, impecable, trajeado, corbata de seda, zapatos de charol y reloj de oro al pulso; ni siquiera ese señor que ahora, improvisado (también) diplomático, se codea con el jet set internacional, fue capaz de suspender aquel programa y repartir golpes, duros golpes, a niños, padres y madres de familia, maestros y directivos escolares.

Y ahora, después de dos años de que esos niños tuvieron que alimentar su espíritu, su mente, su afectividad, su desarrollo, toda su persona en condiciones de aprendizaje aún más adversas, originando que unos 5.2 millones de estudiantes abandonen las aulas; ahora que el regreso a clases presenciales les pega más duro todavía, lo mismo que a sus papás y mamás y a los maestros y directivos escolares, ahora que el costo de la vida se ha elevado peligrosamente acrecentando los niveles de pobreza y miseria, ahora viene a sumarse a todo este golpe ruin, cruel, inhumano, genocida.

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