Siete de enero: la memoria histórica también se transforma

Agustín García Márquez

Como decíamos ayer. La conmemoración gubernamental del pasado siete de enero en Río Blanco, en torno a los obreros que en 1907 fueron masacrados por orden de Porfirio Díaz, convocó a la añoranza de los tiempos idos, de cuando en la cumbre del presidencialismo mexicano el homenaje se constituyó en un evento más para el culto a la personalidad del supremo.

Que si no vino el presidente ni el gobernador entonces tal cosa es insignificante. Caramba, tengo otros datos. El homenaje luctuoso inició en el mismo momento que cayeron entre sus familias, vecinos y en el ámbito popular se extendió en pocos años. Las autoridades posrevolucionarias se lo apropiaron como un movimiento precursor de la Revolución Mexicana y llegó a su cumbre en los años setenta del siglo pasado, cuando transitaba desde el homenaje a los eternos héroes obreros hacia el culto para el político en turno.

En la etapa del neoliberalismo mexicano, desde 1982, se convirtió en pasarela de busca chambas, solicitantes de apoyos y escenario de exhibiciones de poder, mientras que se destruía lo importante, la industrial textil y el sindicalismo regional. Al mismo tiempo, entre las sombras y en los negocios, resurgió la antigua aristocracia porfirista, promotora de la Leyenda Negra del Sindicalismo a través de sus voceros. A esos no les conviene recordar ni sindicatos, ni revolución, ni nada parecido.

Desde ahí, el revisionismo histórico anduvo por tres caminos. El primero de la historia de bronce, el de estatuas, homenajes, discursos y olvido el resto del año. Otro fue el de los investigadores serios que identificaron un paro patronal y una revuelta obrera regional, bajo el título de la Huelga del río Blanco, en el sentido de que abarcó los municipios en la cuenca del río Blanco, como la entonces Santa Rosa, Nogales, Río Blanco, Huiloapan y Orizaba. El tercero minimizó la importancia del siete de enero en la historia nacional, regateando el número de víctimas e insistiendo en la Leyenda Negra.

Así mientras unos se distraían besando manos en los homenajes anuales y otros discutían su significado, la historia misma tomaba otros rumbos. En el año 2001, el historiador Javier Garciadiego, entonces director del Instituto Nacional de Estudios sobre la Revolución Mexicana (INEHRM), en una conferencia declaró que la historia oficial había concluido. Argumentó que el libro de texto gratuito durante décadas fue la única fuente de información histórica en muchos hogares del país y la práctica escolar de memorización lo había convertido hasta entonces en la única historia posible, la oficial.

La innovación fue inevitable: el acceso al Internet, entonces incipiente, y el volumen de información disponible hacían inviable tal historia oficial. Los cambios posteriores en la didáctica para la enseñanza de la historia le dieron la razón. En el plan nacional de educación básica cada alumno puede investigar el pasado, analizarlo críticamente, construir su relato y asumir una lectura propia. El maestro sólo le acompaña en la adquisición de tales habilidades útiles para leer el pasado y nuestro presente.

Ahí está el homenaje, el mejor, entre los jóvenes y las no tan nuevas generaciones que, a su manera, incluso con un baile popular, recuerdan el siete de enero. Después de todo, por si no lo sabían, fue una revuelta popular: ¿Por qué habrían de hacerlo aquellos que aplaudieron la estatua de Porfirio Díaz? Ya despierten. La memoria histórica también se transformó.

* El autor es Cronista municipal de Huiloapan.