La Palabra en la comunidad

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P. RENÉ CESA CANTÓN

Desde tiempos inmemoriales, el pueblo cristiano se ha reunido semanalmente en asamblea para celebrar la fracción del pan, o Cena del Señor. La primera parte de esta reunión la constituye la liturgia de la Palabra. Al proclamar la Palabra de Dios en la comunidad, se proclaman los designios del mismo Dios. Y a la proclamación de esa Palabra respondemos de dos modos: con la confesión de fe y en la plegaria de petición y de acción de gracias. Después se rubrica el pacto con el abrazo fraternal y la comunión del cuerpo de Cristo.

Lucas presenta a Jesús, por primera vez en su evangelio, proclamando la palabra como Señor o como profeta mesiánico. En Marcos y en Mateo, Jesucristo se hace presente como evangelizador que anuncia la llegada del reino. Según Lucas, en toda liturgia de la Palabra está el Señor, como lo está en el cuerpo y la sangre eucarísticos. La liturgia de la Palabra no es mera preparación a la eucaristía ni pura enseñanza doctrinal, lección moral o recuerdo de un pasado histórico. Es algo que sucede: es manifestación de lo que Dios quiere; es actualización de lo que Jesucristo hace.

El sentido de la liturgia cristiana y de la misión de la Iglesia en el mundo está sintetizado en el programa de Isaías, que hace suyo Jesús: evangelizar a los pobres (y que los pobres nos evangelicen), dar la libertad a los cautivos y oprimidos (y que ellos nos liberen) y declarar un año de gracia (perdonar y pedir perdón). En suma, clamar la buena noticia.

PARA RELFEXIONAR:

¿Llegamos a tiempo para prepararnos con los ritos preparatorios a la celebración de la Palabra?

¿Con qué actitud participamos en la liturgia de la Palabra?

SALMO RESPONSORIAL 18

Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.

La ley del Señor es perfecta del todo

y reconforta el alma;

inmutables son las palabras del Señor

y hacen sabio al sencillo.

En los mandamientos del Señor hay rectitud

y alegría para el corazón;

son luz los preceptos del Señor

para alumbrar el camino.

La voluntad de Dios es santa

y para siempre estable;

los mandamientos del Señor son verdaderos

y enteramente justos.

Que te sean gratas las palabras de mi boca

y los anhelos de mi corazón.

Haz, Señor, que siempre te busque.

pues eres mi refugio y salvación.

Naturaleza y gracia

Puedo fiarme de la naturaleza. La salida del sol y la llegada de las estaciones, las fases de la luna y el surgir de la marea, las órbitas de los planetas y el puesto de cada estrella. Maquinaria cósmica de precisión eterna. Los cielos hablan de orden y regularidad, y nos dan derecho a esperar hoy el mismo horario de ayer, y este año la primavera de todos los años. Es la marca de Dios del orden y de la garantía, un Dios de quien puedo fiarme en todo lo que hace, como me fío de que el sol saldrá mañana.

Así como me fio de Dios en la naturaleza, me fio también de él en su creación de espíritu y de gracia. En su ley y su voluntad y su amor. La voluntad de Dios dirige el mundo de la gracia en el corazón del hombre con la misma seguridad providente con que hace salir el sol y llover a las nubes, fiel en su cariño salvífico como lo es en guardar su puesto la estrella polar. “Su ley es perfecta, su precepto es fiel, sus mandatos son rectos, su voluntad es pura”. La misma divina voluntad es la que dirige las estrellas del cielo y el corazón del hombre. Una creación es el espejo de la otra, para que al ver a Dios llenar de belleza los cielos nos entre la fe de dejarle que llene también nuestros corazones con su misma belleza.

“El día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje”.

Ese pregón, ese lenguaje, esa sabiduría secreta nos habla a nosotros también. Su mensaje es claro: Dios no falta nunca. Ese es el secreto de las estrellas. Y la misma mano que las guía a ellas eternamente por las rutas invisibles del cielo nos guía también a nosotros por los laberintos imposibles de nuestro viaje sobre la tierra. Mira a los cielos y cobra ánimo. Dios respalda a su creación.

“El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos”.