Columna: La Escuela de la Purísima Concepción  

Héctor Efraín Ortega Castillo

El año de 1872, un fraile franciscano del Convento de San José de Gracia, venido a aquestas tierras del agua y el chayote desde Huamantla, Oaxaca, llamado Fray Bernardino Osorio, ideó, planeó y concretó la creación de dos escuelas religiosas, pues hacían falta ante la embestida republicana y laica y menester era que la Santa Madre Iglesia también volviese a participar de la educación de la niñez de finales del siglo decimonónico. Personaje este que, preocupado por los derroteros de la niñez católica orizabeña (que en esos tiempos era un pleonasmo) al que la virulenta y maléfica educación juarista republicana y pública estábanlos conduciendo, erigió en el Año del Señor de 1872 dos colegios con la misma nomenclatura: Escuela de la Purísima Concepción.

El primero de estos colegios estaba dirigido a los niños varones, ubicándose en el edificio que se halla en medio de las dos iglesias más próximas de Orizaba: la de San José de Gracia, por supuesto, y la que entonces llamábase Capilla del Tercer Orden, más atrás del Cristo de Otatitlán y más para acá, Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad. Cerca de este, a un costado de la capilla del Tercer Orden, en el edificio (que hoy ya no existe y ahora es un pequeño parquecillo) cercano al Puente de La Borda, se fundó el liceo femenino. Niñas por un lado y niños por el otro: tal cual dictaban los cánones de la época en que mal visto y apreciado era que las chiquillas siquiera intercambiasen un balero con los infantes del sexo masculino.

La Escuela de la Purísima Concepción llegó a engrosar la lista de colegios religiosos que de por sí pululaban en la católica Orizaba de algunos –o muchos—años atrás y que por falta de espacio no menciono. No obstante, además de los católicos había otras escuelas: el Ayuntamiento sostenía tres gratuitas para niñas de escasos recursos; había otra para adultos mantenida por la Cofradía de San Vicente de Paul y otras dos más de carácter privado.

La Escuela de la Purísima Concepción era excesivamente rígida en su trato con el alumnado. No obstante, llevábanse al cabo cada cuatro meses una serie de reconocimientos a los educandos más conspicuos y con mejor aprovechamiento en sus notas. A iniciativa de Fray Bernardino, en pocos años incorporóse un segundo piso al ala femenina, en cuyas aulas los reconocimientos estaban presididos por los personajes más distinguidos de la sociedad orizabeña y de paso, el franciscano aprovechaba para pasar la charola a dichas ilustres personalidades del acontecer citadino, lo que hacía que funcionaran ambos liceos. Como quiera que fuese, los exámenes finales eran asaz solemnes y a los cuales siempre asistían enviados especiales del Gobierno del Estado, especialmente cuando Orizaba sería capital del Estado.

De estos catoliquísimos colegios emergerían profusas monjas y suficientes sacerdotes, pues la impartición de las asignaturas humanas y la Palabra del Señor elevaba a los chicuelos a clérigos de verdadera vocación… Lectura, Escritura, Aritmética, Urbanidad, Elementos de Gramática Castellana, Nociones de Geografía y Sistema Métrico Decimal, y desde 1880, Dibujo. Materias a las que uníanse las asignaturas de temática religiosa: Historia Sagrada de Fleury, Pruebas de la Religión de Balmes y no podía faltar la Doctrina Cristiana de Ripalda y Clicuet. Siendo grande la fama de la escuela, solicitóse a Fray Bernardino que aceptase internas, cosa que después de un tiempo accedió, encargando éste internado a las profesoras Ignacia Hernández, María de Jesús Cevallos y Julia Ortega.

Mas la rigidez y la severidad del trato ocasionalmente también darían dolores de cabeza a Osorio: las jóvenes doncellas, hastiadas de tantísima inclemencia, escapaban con harta frecuencia: algunas de ellas ya no volvieron a ser localizadas y el Honorable Ayuntamiento de Orizaba requería al fraile para que rindiera cuentas de las evasoras, a lo que ahíto de vergüenza, el clérigo acudía con mil y un excusas… no obstante, a pesar de la inflexibilidad del colegio, el alumnado aumentó de tal suerte que el fraile hubo de andar de misionero por las rancherías cercanas en pos de la recaudación de fondos que sustentaran la enseñanza de ambas escuelas. Y así fue hasta el 25 de agosto de 1893 en que fue llamado a cuentas, pero por el Juez Supremo.

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