Columna: Comamos, bebamos…   

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Sardanápalo, tal vez rey mítico de Nínive, Asiria, sirvió de inspiración a Eugenio Delacroix, quien en 1827 lo representó en un momento crucial de su vida. Ante la inminente derrota en una batalla que enfrentó contra su hermano Assurbanipal, mandó reunir a todas sus hermosas concubinas, siervos, eunucos, guardias, caballos y perros y ordenó su ejecución, así como la destrucción de todos los objetos que le proporcionaron placer en su opulenta vida. Luego, se inmoló en una inmensa hoguera que destruyó su palacio y toda la ciudad. Su intención, cuenta la leyenda, era impedir que el vencedor pudiera disfrutar de todo lo que a él le proporcionó placeres sin límites. Se cuenta que en su epitafio quedó inscrita la leyenda “Comamos, bebamos, gocemos que, después de la muerte, no hay ya ningún placer” (Edamus, bibamus, gaudeamus / post mortem nulla voluptas). Estas palabras pueden ser consideradas como la definición más popular y errada del epicureísmo, doctrina que surgió en Atenas hace unos 25 siglos.

Nacido en la isla de Samos en el siglo IV a.C., Epicuro es, para la historia, el fundador de esa filosofía que ha sido mal interpretada y peor aplicada por la banalización que se hace de su axioma: procura el máximo de placer con el mínimo de dolor.

La filosofía de Epicuro puede ser resumida en esa frase, pero su esencia está mucho más allá de una simplificación hedonista. Epicuro estaba convencido fundamentalmente de tres cosas: primera, todo lo existente no es sino un agregado de átomos, en el sentido que había descrito Demócrito: partículas materiales en permanente movimiento. Segundo, los cuerpos se construyen y reconstruyen indefinida y casualmente, al chocar los átomos por azar. Tercero, la naturaleza no se rige por leyes inmutables y necesarias, sino por comportamientos fortuitos, indeterminados.

De estas tesis básicas, Epicuro obtiene la conclusión de que todo conocimiento solo es válido y cierto si proviene de nuestros sentidos, de nuestros recuerdos y de nuestros estados afectivos (dolor y placer).

Al dársenos la verdad y la certeza solo mediante esas tres fuentes, alcanzamos a eliminar los tres temores que azotan nuestra vida, producen angustia y dolor y nos impiden la felicidad, a saber: los dioses, el destino y la muerte. Primero, por ser las cosas puros agregados y disgregados de átomos, los dioses son innecesarios y así se evita el temor que provocan al inmiscuirse en los asuntos humanos. Segundo, al ser indeterminados los avatares de las cosas, no existe nada preestablecido, no existe el destino fatal e inexorable que tanto espantaba a los griegos. Tercero, la muerte no es sino disgregación atómica, por lo que nada hay que temer después de ella.

Las conclusiones éticas son evidentes: al ser el hombre de naturaleza material y mortal, debe darse en esta vida la felicidad, que es su fin supremo. Este bien máximo debe ser entendido como la imperturbabilidad del alma ante las adversidades de la vida: dolores y temores. Por ello, los actos son moralmente buenos si nos conducen a esa felicidad y malos si nos apartan de ella y la conducta del hombre debe regirse por el principio básico: busca  el máximo de placer con el mínimo de dolor.

Hasta aquí, todo parece indicar que la filosofía de Epicuro coincide con la vida de Sardanápalo y de tantos hombres más. Sin embargo, Epicuro está lejos de ser un epicúreo ingenuo. Para él el placer, bien supremo del hombre, debe excluir los goces del cuerpo y las pasiones del alma ejercitando la templanza; debe resistir con serenidad  y valor los males inevitables mediante la fortaleza, y debe calcular con inteligencia lo que en verdad le produzca el máximo de placer con el mínimo de dolor, y eso se logra mediante la prudencia. Por eso, el ideal ético del hombre es el del hombre sabio, y solo quien busca la verdad puede estar en camino de alcanzar el placer completo y la felicidad.

Este fragmento suyo lo sintetiza: “Todo placer es bueno por naturaleza, pero no todo placer es elegible; y recíprocamente, todo dolor es malo, pero no todo dolor es siempre rehuible… Cuando decimos  que el deleite es el fin más importante, no lo queremos equiparar a los placeres sensuales de los disolutos… Lo que nosotros entendemos por placer  es la liberación del dolor en el cuerpo y de la angustia en el espíritu. Esto es lo que nosotros llamamos una vida agradable, imposible de ser alcanzada con el continuo beber  y divertirse, o satisfaciendo nuestra lujuria o en banquetes en casa del rico, sino por el uso sensato  de la razón, por una paciente búsqueda  de los motivos que nos impulsan a elegir o rechazar, y zafándonos de las falsas opiniones que solo sirven para turbar la paz del espíritu”.

Un Epicuro muy actual.

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