Los signos de Jesús

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P. René Cesa Cantón

El evangelista Juan elige el popular episodio humano de una boda para describir el primer signo de Jesús. Precisamente, la mejor imagen del reino de Dios es la del banquete de bodas, donde la comida es exquisita, abundante y gratuita. La boda de Caná es signo de bodas de sangre de Cristo, el verdadero Esposo. Es decir, Jesucristo, que posee la plenitud del espíritu amoroso de Dios, es el Esposo de todo amor. Siempre está con el pueblo, con su madre, con sus amigos, con sus parientes, aunque no lo reconozcamos. Dicho de otro modo: Dios se revela en Cristo desde la vida misma, a través de los acontecimientos humanos, especialmente cuando el amor está de por medio. Hay que estar con amor en las bodas de la vida.

Cuando menos lo esperamos, hacen su aparición el fracaso, la escasez, la negación. La penuria de vino es síntoma de fragilidad y menesterosidad, pero también ocasión de ayuda mutua en la necesidad, de solidaridad en la desgracia. La apelación esperanzada a Dios, a Jesucristo, es una muestra de fe. María, la creyente, pone en práctica la palabra de Dios y nos invita a hacer lo mismo. Las acciones humanas, necesarias para que en la vida haya amor, son fecundas cuando la palabra de Cristo les da sentido. Frente a una vida seca y triste, el evangelio nos convoca a una vida nueva con el vino alegre y comunitario de la fe. Se trata de hacer todos juntos lo que quiere el Señor.

A toda persona le llega su hora, sus instantes decisivos. También a Cristo le llega su hora, que es la de la entrega sin condiciones: hora de sufrimiento y de gloria, hora de efusión del Espíritu. La vida humana se ilumina cristianamente desde la hora del Señor. Nuestras horas son anticipaciones y preparaciones de la hora de los pueblos, de la hora del reino de Dios. La hora definitiva es paso a un mundo transfigurado, inauguración de tiempos nuevos, llegada de los bienes mesiánicos. Es banquete de bodas comunitario de todos los pueblos con el Señor.

Para reflexionar:

¿Nos damos cuenta de la penuria en que vive nuestro pueblo?

¿Somos sensibles a la palabra del Señor?

Salmo responsorial 95

Cantemos la grandeza del Señor.

Cantemos al Señor un nuevo canto,

que le cante al señor toda la tierra;

cantemos al Señor y bendigámoslo.

Proclamemos su amor día tras día,

su grandeza anunciemos a los pueblos;

de nación en nación, sus maravillas.

Alaben al Señor, pueblos del orbe,

reconozcan su gloria y su poder

y tribútenle honores a su nombre.

Caigamos en su templo de rodillas.

Tiemblen ante el Señor los atrevidos.

“Reine el Señor”, digamos a los pueblos,

gobierna a las naciones con justicia.

Oraciones sálmicas

“Cantad al Señor un cántico nuevo”

Señor, a ti te va lo nuevo. Nosotros los humanos, nos topamos cada día con el muro de la vejez. Lo nuestro es cansado, lo aburrido, lo repetido. Lo tuyo es el estreno, la sorpresa, la novedad. Tu palabra nos habla de un vino nuevo (Mc 2,22), de un vestido nuevo (Lc 15,22), una masa nueva (1 Cor 5,7), una alianza nueva (2 Cor 3,6), una vida nueva (Rom 6,4), un cántico nuevo (Ap 5,9). Cantar un cántico nuevo significa vivir en el amor. Es el amor lo único que no cansa, que no aburre, que no envejece. Se repiten las mismas palabras, se cantan los mismos versos, pero la autenticidad, el fervor siempre tiene que ser nuevo, siempre es distinto.

“Alégrense el cielo, goce la tierra, retumbe el mar”

La alegría que canta el salmista comienza aquí en la tierra. De esta alegría participan las hierbas, los árboles, las flores, los frutos. De esta alegría participa el fuerte viento y la dulce brisa; el trueno y el relámpago; el aguacero y la lluvia suave que empapa la tierra y la fecunda. La alegría llega hasta el cielo. Alcanza al sol, la luna y una pléyade inmensa de estrellas y galaxias. El mar, que en otras ocasiones es causa de miedo y de terror, ahora se estremece de júbilo. Todas las criaturas cantan: las del cielo, las de la tierra y la de los abismos. Pero cada uno tiene notas distintas. Entre todas se forma un concierto inefable, una melodía maravillosa. Y yo, criatura racional, ¿qué hago en media de esa polifonía cósmica? Dejo que la música penetre por todo mi ser; siento por dentro un estremecimiento y me pongo a aplaudir. Esa en mi mejor oración.

“Delante del Señor, que ya llega”

Ven, señor, y métete de lleno en nuestro mundo, en nuestra historia. Pon dentro de nosotros la espiga de una inquietud, el aguijón de nuestro compromiso.