La adoración a Dios

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P. René Cesa Cantón

La Epifanía es la fiesta de la realeza de Jesús, según lo anuncia Miqueas 6, citado por Mateo. La dignidad real de Dios se oculta en la fragilidad de un niño, al que se adora.

La adoración es el acto de reverencia por el que se reconoce a Dios como Señor. A los santos se les venera, no se les adora. Ante la presencia de Dios, de su gloria o de su santidad, la persona religiosa adora. Por una parte, tiene conciencia de que es pecador, y ahora “con temor y temblor”; por otra, se llena de alegría al reconocer la santidad divina.

En todas las religiones, la adoración se manifiesta a través de signos exteriores: inclinación, postración… Así adoramos el signo del niño en Navidad o la cruz del Viernes Santo. Adoramos a Cristo. Pero de nada sirven los gestos si no adora el corazón; de este modo se expresan los profetas.

Mateo refiere la adoración de que es objeto Cristo por parte de unos “magos” extranjeros, del mismo modo que Lucas reseña esa misma adoración por parte de unos pastores marginados. En cambio, los dueños de este mundo, que sólo reconocen su propio señorío, intentan adorar cínicamente y con sentido perverso. La adoración cristina es “en espíritu y en verdad”. No es un gesto externo, sino una entrega radical: la adoración conlleva la ofrenda de unos dones. La adoración a Dios tiene lugar en la asamblea, cuyo centro es la doble mesa: la del hermano pobre y la del Señor.

Para reflexionar:

¿Por qué motivos adoramos a Dios?

¿Sentimos veneración por algunas cosas?

Salmo responsorial 71

Que te adoren, Señor, todos los pueblos.

Comunica, Señor, al rey tu juicio,

y tu justicia al que es hijo de reyes;

así tu siervo saldrá en defensa de tus pobres

y regirá a tu pueblo justamente.

Florecerá en sus días la justicia

y reinará la paz, era tras era.

De mar a mar se extenderá su reino

y de un extremo al otro de la tierra.

Los reyes de occidente y de las islas

le ofrecerán sus dones.

Ante él se postrarán todos los reyes

y todas las naciones.

Al débil librará del poderoso

y ayudara al que se encuentra sin amparo;

se apiadará del desvalido y pobre

y salvará la vida al desdichado.

Oraciones sálmicas

“Bendito sea el Señor, el único que hace maravillas”

Oh Señor, tú mereces todo honor, gloria y alabanza. Tú eres la fuente suprema de todo bien. Todas las bendiciones nos las envías tú, desde lo alto. Tú haces maravillas todos los Días para todos: haces salir el sol cada mañana y llenas la tierra de su esplendor. Nos das gratis la lluvia y el aire. Recreas nuestros ojos con miles de flores de mil colores, y recreas nuestros oídos con la dulce melodía de los pajaritos. Tú eres el único que sabe hacer estas maravillas visibles, palpables para todos. Pero todavía sabes hacer obras más maravillosas en el corazón de cada uno. Estas son visibles a los ojos de los demás pero bien palpables para aquellos que las viven. Desde mi propia experiencia personal déjame que dé gracias, a boca llena, por la maravilla de tu amor.

“Que los montes traigan la paz y los collados, justicia”

La paz que aquí pedimos no es la ausencia de guerra, ni la mera tranquilidad de los pueblos. Pedimos una paz que sea fruto de la justicia. ¿Cómo puede haber paz en una tierra tan mal repartida? Mientras unos se hartan, otros se mueren de hambre. Danos esa paz que viene de los montes, de la altura, de la esfera donde estás Tú, Dios mío, y haz que baje hasta el mismo corazón de los hombres.

“Que haya trigo abundante en los campos”

Sí, que las mieses ondeen en los campos y los graneros se llenen de trigo. Que haya cosechas abundantes y que de ellas se beneficien los pobres. Que haya pan para todos; hospitales para todos; escuelas para todos; viviendas dignas para todos. Que los pobres puedan vivir con dignidad teniendo cubiertas las necesidades más elementales. Que la principal preocupación de los gobiernos sea la atención a los más necesitados. Quita, Señor, de los cargos políticos a los corruptos, los egoístas, los que aspiran a subir a los altos cargos para conseguir sólo sus intereses personales. Que los gobiernos den leyes justas, equitativas. Que aquellos que tienen la responsabilidad suprema de las naciones creen espacios de equidad y fraternidad.