Los tres rostros

Hands writing on old typewriter over wooden table background

P. RENÉ CESA CANTÓN

En cada uno de nosotros hay tres personas: la que ven los otros; la que vemos nosotros; la que ve Dios.

(Miguel de Unamuno)

La frase que hoy propongo es sólo un fragmento del pensamiento de un extraordinario personaje español, el filósofo y escritor Miguel de Unamuno (1864-1936). En Salamanca, hace tiempo, visité su casa que seguía exhalando su presencia, su saber y el testimonio de su búsqueda interior.  Esta reflexión suya ya la anticipó en cierto sentido Alessandro Manzoni cuando definía el corazón humano como un “revoltijo”. En nosotros se mueve figuras incluso antitéticas entre sí, como ya confesaba san Pablo: “En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero experimento en mí otra ley que lucha contra el dictado de mi mente y me encadena a la ley del pecado que está en mí” (Rm 7, 22-23).

Hay un rostro que nos ponemos por la mañana cuando salimos para la vida diaria; es el más arreglado y presentable, conscientes como somos de que en la sociedad actual las apariencias lo son todo. Otro célebre español, el poeta Luis de Góngora, exclamaba: “Ay, ambición humana, precavido pavo real que con cien ojos destila el llanto y el desengaño”. Pero, por la noche, en la recobrada soledad, si miramos en el revoltijo que es nuestra conciencia, vemos la realidad de otro rostro, ensombrecido por la vergüenza, las miserias y los engaños. Precisamente por eso, pocos son los que se atreven a asomarse a su yo, mirando en el espejo del alma. Y queda el juicio divino, cuyo ojo – como dice la Biblia- escruta conciencias y corazones (Ap 2, 23). Esta mirada, aunque la ignoremos, nos acompaña, y en ella está el reflejo de nuestro verdadero rostro.