Espero en el Señor como los centinelas la aurora

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P. René Cesa Cantón

“Espero en el Señor más que los centinelas la aurora” (Salmo 130,6)

La noche ha bajado sobre la ciudad con su sudario de tinieblas y de silencio. Se oyen únicamente los pasos rítmicos de una patrulla de centinelas que transcurren las horas nocturnas entre callejones y plazas, en espera de la primera llama de luz en el horizonte que señale el fin de su turno de guardia. Grita uno de ellos a la otra patrulla más lejana: “Centinela, ¿cuánto falta de la noche? Centinela, ¿cuánto falta de la noche?” una voz responde en la oscuridad: ¡Está por llegar la mañana! Pero después vendrá otra vez la noche…” en un ciclo sin fin, al final del cual seremos calificados.

Hemos querido recrear esta escena, evocada de manera impresionista en un oráculo del profeta Isaías: me gritan desde Seír: “Centinela, ¿cuánto queda de la noche? El centinela responde: “Viene la mañana, pero volverá la noche. Si quieren preguntar de nuevo, regresen y pregunten” (Is 21,11-12), porque esa escena hace de fondo ideal al fragmento bíblico que hemos escogido, sacándolo de uno de los salmos más celebres en absoluto, el 130, o sea el De profundis, así denominamos el comienzo del texto traducido en latín, “¡De lo profundo a ti grito, Señor!”. Es una pequeña suplica poética hecha de solamente de 52 palabras hebreas, incluidas las partículas; y sin embargo ha sido siempre un camino de conversión, una página de meditación sobre el binomio pecado-perdón. El salmo después se convirtió en un canto fúnebre y pascual en la tradición católica, por razón de las imágenes contrastantes de tiniebla y luz.

Nosotros ahora, para alcanzar el versito que hemos citado, recorreremos la trama completa de la súplica. Esta comienza con un llamado al “Tu” de Dios que sale de los días infernales de la noche y del mal. También el gran trágico griego Eschilo, en su obra “el Persiani” se interrogaba así en el momento de la prueba: “Yo grito en alto mi sufrimiento infinito, ¡de lo profundo de las sombras quien me escuchara!” una pregunta que, sin embargo, permanece sin repuesta de lo alto de los cielos. El salmista, en cambio, esta cierto que su culpa tendrá remisión y su delito será borrado. Es así que la invocación pasa del “Tu” divino al “yo” del orante, que está apunto esperando el perdón y lo espera con una tensión tan fuerte de ser comparable al ansia con la cual los centinelas espían las primeras luces del alba que señalan el fin de las pesadillas nocturnas y de su propia vigilia.

Dirijamos ahora nuestra atención sobre este parangón que en hebreo tiene por actores los shomrim: se trata de los sacerdotes y de los levitas que por turno vigilan el templo; en el salmo 134 se dice: “Bendigan al Señor, todos los servidores del Señor los que pasan la noche en la casa del Señor” (Salmo 134,1).

La escena subyacente a nuestro versito adquiriría, entonces, una tonalidad mística. Si pensamos en el número muy elevado de los sacerdotes de Israel y al sistema del sorteo con el cual venían escogidos para presidir y servir en la liturgia del único templo de Jerusalén, logramos comprender la calidad particular de la tensión que sostenía aquella noche que sería resultado sobre una de las raras jornadas memoriales de la vida de un sacerdote en el centro de la religiosidad del mundo hebreo, más o menos como sucede al sacerdote católico en la noche que precede su ordenación. El orante sálmico, entonces, describiría la espera del perdón divino de las culpas como una meta deseada con toda la pasión del ser, del alma y del corazón. De hecho, esperar el perdón y el abrazo de Dios debe ser un alto momento de esperanza, porque hace surgir una vida, cancela una miseria, abre un horizonte de luz y de intimidad de Dios.