Sed de Dios

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P. RENÉ CESA CANTÓN

“OH Dios, tú eres mi Dios, desde el amanecer te deseo; estoy sediento de ti, a ti te anhelo en una tierra sedienta, reseca, sin agua” (Salmo 63,2)

“La sed expresa el deseo de una cosa, pero un deseo tan intenso que nosotros nos moriríamos si permanecemos privados”. Estas palabras del camino de perfección de Santa Teresa de Ávila nos hacen entender por qué la sed, experiencia primordial y capital del ser físico, sea símbolo universal del deseo sobre todo espiritual (“la sed de saber”, por ejemplo). Un símbolo aún más incisivo para quien, como el hombre de la Biblia, vive en un panorama sediento porque frecuentemente está confiado a la estepa árida, a la ilusión de los escasos oasis, de los pocos pozos, de los torrentes impetuosos del invierno, pero inexorablemente secos en verano.

He aquí, pues, la escena evocada de este verso intenso y apasionado que recalca otro paso, siempre del Salterio, donde la imagen es aún más fuerte e instintiva: “Como busca la sierva corrientes de agua, así, Dios mío, te busca todo mi ser. Tengo sed de Dios, del Dios vivo…” (Salmo 42,2-3). Existe un elemento sugestivo que puede ser descubierto sólo a través de la resonancia plena ofrecida por el original hebreo: en la Biblia un mismo vocablo, nefesh se refiere sea a la “garganta”, sea al “alma” y al “ser viviente” humano.

Se logra, entonces, ver cómo encajan perfectamente los dos perfiles, físico y místico: desde el alba, en un día deslumbrado por el sol y marcado por la sed estiba, mi “garganta” esta seca y con mucha sed; desde la aurora mi “alma” es decir mi ser íntimo y profundo –confiesa el salmista- está atenazado por el deseo de Dios, fuente de mi vida entera. Es por esto que el orante se siente como un terreno árido, que por este agrietamiento son como estas bocas y gargantas abiertas que anhelan el agua fecunda.

La oración y la vida espiritual autentica, por lo tanto, son semejantes a la pulsión primaria, instintiva de la sed, que es una necesidad elemental, radical. Es una necesidad casi animalesca, parecida a aquella que el profeta Jeremías representaba en el anhelo de los asnos salvajes los cuales, durante una sequía, “los asnos salvajes se detienen en las lomas aspirando el aire como los chacales, sus ojos están debilitados por la falta de hierva” (Jeremías 14,6). Del mismo modo el salmista representa la tensión del alma hacia Dios, sobre todo cuando él se esconde y calla; y al hacer añade la metáfora del hambre que afecta no solo el estómago, sino la misma existencia. He aquí, entonces sus palabras siguientes: “Tu amor vale más que la vida, te alabaran mis labios; te bendeciré mientras viva, hasta ti levantare mis manos” (Salmo 63,4).

La certeza, es sin embargo, que Dios no dejara que le falte el alimento del alma a su fiel: “Me saciaré en un espléndido banquete y mi boca te alabara con alegría” (Salmo 63,6). San Gregorio de Nacianceno, gran padre de la Iglesia de Capadocia en la actual Turquía, en el siglo IV comentaba así la estupenda imagen de la sed propuesta por el salmista: “Dios tiene sed que tu tengas sed de él”, una expresión que en la antigua versión latina de su obra escrita en griego se convertía un esencial e iluminante Deus sitit sitiri, que puede convertirse en emblema de este texto sálmico, recordando que también Dios condivide la sed del hombre: es la sed de ser deseado y amado.