El profetismo cristiano

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René Cesa Cantón

El profeta no es un adivino. Lo que le caracteriza no es el “pre-decir” sino el “decir”. El profeta se enfrenta a todo poderío personal y social, habla desde el “clamor de los pobres” y pretende que haya justicia. Naturalmente, le preocupa el futuro del pueblo, la situación sangrante de los pobres. Hay profetas seculares y profetas cristianos, los cuales surgen con fuerza en los momentos de crisis y de cambio para entrever una situación nueva, llena de libertad, de justicia, de solidaridad, de paz.

La misión del profeta cristiano es cuestionar los “sistemas” infieles al Espíritu, defender a toda persona atropellada y a todo pueblo amenazado, alentar esperanzas en situaciones catastróficas y promover la conversión hacia actitudes solidarias. Tiene experiencia del pueblo (está encarnado) y en contacto con Dios (es un místico), y de ahí obtiene fuerza para su misión. Por medio de los profetas, Dios guía a su pueblo “con su justicia y su misericordia” (Baruc 5,9). El profeta “allana los caminos” a seguir.

Juan Bautista, profeta precursor de Jesús, fue hijo de un “mudo”, que renunció al “sacerdocio” (a los privilegiados de la herencia) y de una “estéril” (fruto del Espíritu). Le “vino la palabra” en el desasimiento, es decir, en la lejanía del poder y en el contacto con las bases, con el pueblo. La palabra siempre llega desde el desierto (donde sólo hay palabra) y se dirige a los instalados (entre quienes habitan los ídolos) para desenmascararlos. La palabra profética le costó la vida a Juan. Su deseo profético es profundo y universal: “todos verán la salvación de Dios”. La salvación viene en la historia (nuestra historia se hace historia de salvación), con una condición: la conversión (“preparad el camino del Señor”).

PARA REFLEXIONAR:

¿Dónde encontramos hoy el profetismo?

¿Qué debemos hacer para ser todos un poco profetas?

SALMO RESPONSORIAL 125

Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.

Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio,

creíamos soñar;

entonces no cesaba de reír nuestra boca,

ni se cansaba entonces la lengua de cantar.

Aun los mismos paganos con asombro decían:

“¡Grandes cosas han hecho por ellos el Señor!”.

Y estábamos alegres,

pues ha hecho grandes cosas por su pueblo el Señor.

Como cambian los ríos la suerte del desierto,

cambia también ahora nuestra suerte, Señor,

y entre gritos de júbilo

cosecharán aquellos que siembran con dolor.

Al ir, iban llorando, cargando la semilla;

al regresar, cantando vendrán con sus gavillas.

“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares”.

La vida es como marea que sube y baja, y yo he visto muchas mareas altas y mareas bajas en ritmo incesante a lo largo de muchos años y cambios y experiencias. Sé que la esterilidad del desierto puede trocarse de la noche a la mañana en fertilidad cuando se desbordan “los torrentes del Negueb”. Torrentes secos del sur, a los que una súbita lluvia primaveral llenaba de agua, cubriendo de verde sus riberas en sonrisa espontánea de campos agradecidos. Ese es el poder de la mano de Dios cuando toca una tierra seca… o una vida humana.

Toca mi vida, Señor, suelta las corrientes de la gracia, haz que suba la marea y florezca de nuevo mi vida. Y, entretanto, dame fe y paciencia para guardar tu venida, con la certeza de que llegará el día y los alegres torrentes volverán a llenarse de agua en la tierra del Negueb.

Es ley de vida: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares”. Ahora me toca trabajar y penar con la esperanza de que un día cambiará la suerte y volveré a sonreír y a cantar. En esta vida no hay éxito sin trabajo duro, no hay avance sin esfuerzo penoso. Para ir adelante en la vida, en el trabajo, en el espíritu, tengo que esforzarme, buscar recursos, hacer todo lo que honradamente pueda. La tarea del sembrador es lenta y trabajosa, pero se hace posible y hasta alegre con la promesa de la cosecha que viene. Para cosechar hay que sembrar, y para poder cantar hay que llorar.

¿No es mi vida entera un campo que hay que sembrar con lágrimas? No quiero dramatizar mi existencia, pero hay lágrimas de sobra en mi vida para justificar ese pensamiento. Vivir es trabajo duro, y sembrar eternidad es labor de héroes. Sueño con que la certeza de la cosecha traiga ya la sonrisa a mi rostro cansado; y pido permiso para tomar prestado un canto de la fiesta del cielo para irlo ensayando con alegría anticipada mientras siembro aquí abajo:

“Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas”.