Columna: Seminario

Por. Dr. José Antonio Márquez González

Miembro del SCM Orizaba.

Era un fin de semana aburrido para una persona tan inquieta como Napoleón. El nuevo cónsul se desperezó ruidosamente en su alcoba cuando entró su fiel criado y asistente, el viejo Bartolomeu, quien enseguida se ocupó de descorrer las cortinas y dejar entrar el sol a raudales.

“¿Qué tenemos para hoy?” dijo el gran corso (grande por sus alcances, pero chaparrito en realidad…).

“Tenemos las invitaciones para la boda de Antoine y François” dijo el viejo criado con fingida indiferencia.

“¿Ah sí?” dijo con desinterés también simulado el viejo corso. ¡Por fin se van a acabar las habladurías!

“¡Sí, se casan hoy!” continuó el fiel empleado, lleno de contento.

“¿Con quién?”.

“¿Cómo que con quién? Pues se casan entre ellos, es decir, Antoine con François y François con Antoine”.

“¡Pero eso no puede ser! ¡Un contrato así sería inconcebible!”.

Y, en efecto, según el novedoso código civil de Napoleón del año 1804, la nulidad de un contrato semejante debe ser pronunciada en forma expresa, o sea, el Código deberá referirse precisamente al caso en abstracto.

Pero el legislador francés nunca imaginó una situación semejante, sobre todo a principios del siglo XIX. Por tanto, si el acto no era nulo resultaba, en consecuencia, válido. Entonces el gran Napoleón razonó de la siguiente manera:

“¡Claro, no dije que fuera nulo porque es absolutamente innecesario decirlo. Se entiende que semejante contrato no solamente no vale, sino que es dificil de concebir!”.

Así, el Código civil de Veracruz, por ejemplo, contiene un artículo que habla de la inexistencia, es decir, de lo que “no existe”. En efecto, la ley veracruzana dice así: “El acto jurídico inexistente por la falta de consentimiento o de objeto que pueda ser materia de él, no producirá efecto legal alguno. No es suceptible de valer por confirmación, ni por prescripción; su inexistencia puede invocarse por todo interesado (artículo 2157)”.

Un caso ejemplar es precisamente el del matrimonio entre personas del mismo sexo el cual, no pudiendo ser reputado de nulo, se clasifica como inexistente, es decir, como algo que “nunca ha ocurrido jamás”.

Pero ahora los matrimonios entre personas del mismo sexo ya existen. A la fecha, este tipo de matrimonios son reconocidos en muchos países, en Europa, América, Asia y aun África, para hacer un total de 30 países en todo el mundo.

En México el movimiento es algo más lento, ya que es reconocido en 24 estados de un total de 32 (Ciudad de México, Quintana Roo, Coahuila, Chihuahua, Nayarit, Jalisco, Campeche, Colima, Michoacán, Morelos, Baja California, Chiapas, San Luis Potosí, Nuevo León, Hidalgo, Baja California Sur, Aguascalientes, Oaxaca, Puebla, Tlaxcala, Sinaloa, Querétaro, Sonora y Yucatán).

A estos 20 estados hay que añadir algunos estados como Zacatecas y Guerrero, que asimismo lo permiten en algunos pocos municipios.

Los estados de Chihuahua y Baja California han aprobado el denominado “matrimonio igualitario”, aunque no han reformado su código civil, todo en un insistente movimiento jurisprudencial de ideas que parte de decisiones de la Suprema Corte y que rebasan, por tanto, la disposición civil local en cada estado. Incluso se ha llegado a penalizar algunas otras entidades que rehusaron su aprobación, como en el caso de Nuevo León, que hubo de ajustar su normativa a una orden judicial federal.

Pero el legislador de Veracruz se negó a reconocerlos en fecha tan reciente como junio de 2020. Así, en nuestro estado sigue plenamente vigente el viejo artículo 75 que dice: “El matrimonio es la unión de un solo hombre y de una sola mujer que conviven para realizar los fines esenciales de la familia como institución social y  civil”.

Finalmente, la cuestión sigue siendo de gran actualidad y aquí en el estado de Veracruz todavía no se pueden casar Antonio con Francisco, ni Francisco con Antonio, como tampoco se podían casar hace 217 años en París. Y ello, por cierto, para tranquilidad del gran Napoleón, que se negaba siquiera a concebir la existencia de semejante acto.

Pero 209 años después, en 2013 en Francia, fue aprobado el matrimonio igualitario, para alarma de Napoleón y contento de Bartolomeu (ya que este último todavía no se declaraba abiertamente homosexual), pero siempre había sentido simpatías por este tipo de matrimonios y gozaba, desde luego, de la amistad de Antoine y de François.