Intermitencias de la muerte

Marilú López Baca
Cortesía
“Al día siguiente no murió nadie”. En ese país, el fin de año no marcó ningún deceso y el nuevo año inició sin novedad alguna.
¿Qué sucedía en esa población donde la gente dejó de morir? El gobierno, la iglesia y los filósofos trataban en vano de buscar una explicación. Parecía que la muerte había dejado de cumplir su cometido y todo sería felicidad… aunque no para todos.
Las agencias funerarias se encontraban vacías y reclamaban a las autoridades no tener ingresos. Los hospitales también informaban que no había decesos y que se encontraban saturados: las personas enfermas no mejoraban… habían quedado en pausa. Ni siquiera los heridos graves en algún accidente morían. Todo estaba estacionado y se vivía una situación de incertidumbre.
Una familia de agricultores decidió salir una noche a las afueras de la ciudad a fin de que su anciano padre y un niño enfermo pudieran, por fin, descansar. Esto solo sería posible si cruzaran a sus enfermos. Ellos lo hicieron utilizando una carreta. Y ahí, en territorio vecino, el anciano y el niño fallecieron junto a un árbol y les dieron sepultura.
La familia pensó que nadie los había visto, pero un vecino que observaba los movimientos de la casa se dio cuenta de su salida. A su regreso, a las hijas del señor y a su yerno, no les quedó más que explicar al vecino que habían cruzado la frontera con sus familiares enfermos para que pudieran descansar.
El yerno no quiso meterse en problemas y, decidió, por su propia voluntad, ir a la policía para declarar lo que había sucedido. La familia no recibió ninguna condena o juicio por el acto cometido, pero gracias a los medios de comunicación el escándalo se extendió por todo el país.
En menos de 48 horas, otras familias empezaron a cruzar la frontera también para llevar a sus enfermos graves para que pudieran fallecer en los países vecinos.
El jefe de gobierno llamó a la calma y el ejército intervino para custodiar las fronteras a fin de que nadie pudiera cruzar con enfermos terminales.
Así llegó la “maphia” o la mafia, una organización que surgió para controlar la salida de quienes querían morir y pudieran cruzar la frontera. Las autoridades estaban siendo rebasadas por la presencia de dicha organización.
El control de la “maphia” y sus enfrentamientos con las autoridades de gobierno se dio durante un tiempo, hasta que, un día, todo cambió.
El director general de la televisora del país recibió, una mañana, un sobre de color morado. Su secretaria estaba muy extrañada porque ella era la responsable de abrir la oficina y no sabía cómo ese sobre había llegado al escritorio de su jefe. Pero al ver la cara que había puesto el director al leer el contenido de la misma, se preocupó más porque se había quedado literalmente paralizado.
La carta era de la mismísima muerte quien anunciaba su regreso con una misiva muy especial.
¿Cuál es el mensaje que “muerte” quiere enviar a ese país? ¿Qué hará el director de la televisora con dicha carta? ¿Cómo reaccionarán el gobierno y los medios de comunicación? ¿Qué harán los ciudadanos?
“Las intermitencias de la muerte” es esta estupenda novela de la autoría de José Saramago, escritor portugués, Premio Nobel de Literatura de 1998 y que hoy valdría la pena su lectura o relectura. El libro es una gran novela que nos invita a la reflexión: a valorar la vida y comprender, de alguna forma, la muerte.
Por si fuera poco, leer a Saramago resulta toda una experiencia. No tan solo por lo peculiar de sus historias, sino por la forma en la que estas se presentan: a renglón seguido, sin división de párrafos y sin ponerle un nombre a sus personajes. Significa entrar a un mundo en donde la crítica a la sociedad se hace presente de manera muy fina y, en muchas partes, hasta divertida.
Estoy segura que, a quienes no han leído este libro, les gustará.
(*Profesora de lectura de la Escuela Hispano Mexicana. [email protected])