La Revolución Mexicana

Héctor Efraín Ortega Castillo

La Historia de México es sumamente compleja. Pese a ello, se ha insistido con tozudez en mostrárnosla como si fuese una película, o una telenovela en que pululan solo dos tipos de personajes: los buenos y los malos. Los primeros rezuman tantísima bondad y, sobre todo paciencia, que ven coronados sus esfuerzos al final de una larguísima lucha contra los segundos, los villanos: aquellos que se la han pasado rumiando la desgracia para el país y que son incapaces de cualquier acto de bondad. Al contrario: pareciera que acarician sus alacranados bigotes, cual antagonista clásico, frotan sus manos y despreocupadamente ríen un caricaturesco ñaca ñaca mientras planean sus vilezas. Villanos que, huelga decir, en un país tan cristiano como gusta autodefinirse, jamás obtendrán el perdón del pueblo porque su maldad es irreparable.

Una de las etapas más comentadas es la llamada “Revolución Mexicana”, que lleva dicho adjetivo seguramente para diferenciarse de la francesa, la rusa y la cubana –otros momentos históricos tan famosos, como incomprendidos–. Nos enseñan, desde la más tierna infancia, que  la Revolución Mexicana da inicio el 20 de noviembre de 1910 y concluye en… ¿cuándo concluye? Es uno de los misterios más grandes jamás creados, pues cada quien tiene su propia versión: que si en 1917 cuando se firma la jacobina Constitución Política aún ¿vigente?… que si en 1920 cuando es asesinado Carranza y se encumbra el primer gobierno “postrevolucionario” con Obregón a la cabeza… que si al finalizar la Guerra Cristera en 1929… que si con la Expropiación Petrolera de 1938… hay quien la extiende hasta que concluye el último gobierno autodenominado “revolucionario”: el de López Portillo en 1982. Es uno de los misterios de nuestra historia y la indefinición de su finalización (o por lo menos, un consenso general que ponga a todos los académicos de acuerdo) es palpable.

Francisco I. Madero conocía la historia. Adrede escoge el 20 de noviembre para que diese inicio la lucha armada, porque esa fecha, en 1876, había dejado la presidencia Sebastián Lerdo de Tejada, y se consideraba pues, el inicio simbólico del porfiriato (aunque Porfirio Díaz no ocupó la Silla del Águila sino hasta unos días después, el 28). En realidad esa revolución, la que fue convocada por el Plan de San Luis fue exitosa, rápida y escasamente violenta: lo más destacado en batallas fue la Toma de Ciudad Juárez del 8 al 10 de mayo de 1911. Después de eso, vino la renuncia de Don Porfirio y su exilio. Podemos decir que, en esos escasos seis meses, la Revolución había triunfado.

Después, sin embargo, el asunto se complicaría. Los revolucionarios, que se habían alzado en contra del régimen porfirista, ya no se quedaron quietos. Aúnesele a esto la lucha de facciones por el poder político y tendremos un amasijo exótico en que de repente los buenos ya son malos y los malos ya son buenos… y hay unos más buenos que otros, y otros más malos de lo que creíamos. Entre 1911 y 1920, es decir, entre la renuncia de Díaz y la muerte de Carranza, hay nueve diferentes Presidentes. Uno de ellos, Pedro Lascuráin, dura 45 minutos y con eso ya aseguraría su lugar en la historia; por lo menos, reconocido como el más efímero de todos.

Y como los mexicanos también nos distinguimos por ser bastante rebuscados y barrocos para referirnos a todo, nos pesa llamar a las cosas por su nombre. Como nos asusta decir “golpe de estado”, mejor lo cambiamos a algo más poético como “Decena Trágica”. Y en lugar de llamar “Guerra Civil” a lo que ocurrió entre 1914 y 1916, es mejor decirle “Guerra de facciones”. Todo eso englobado en la exorbitante “Revolución Mexicana”, que abarca todo y en donde cabe todo: hasta los fallecidos por la epidemia de Influenza Española de 1918-1920 y movimientos culturales, educativos, sociales y de todo tipo que abarcaron el mismo periodo.

Sí: la Revolución Mexicana es sumamente compleja. Pero igual hay que estudiarla.

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