Adiós amiga

Johnny Salmerón Scully                        

Hace ya tiempo que deje de escribir para ustedes, porque los tiempos van cambiando y uno cada año que transcurre, ya no es igual. Nuestros hábitos y costumbres, también, ya no son los mismos. Hoy, me motiva enormemente, tomar un lápiz y empezar un borrador de este escrito, cosa que no acostumbro hacer, pues siempre lo llevo directo a la computadora lo que tengo en mente. Su ausencia, es el motivo muy grande para referirme a ella. Parece que fue ayer, que la veo caminando por la avenida 3 rumbo a su escuela, con esa frescura y presencia de sus 15 o 16 años, No sé, pero es chiquilla hermosa, tenía un porte muy especial, algo así, como “La Chica de Ipanema”. Su adolescencia, fue como cualquier chica de la época, estudiante en la Escuela Secundaria, y que fue su Reyna,  quizá la Prepa, no sé, pero lo que si sé, es que muchísimas veces llegamos a su casa de la avenida 5 y calle 14, a darles serenata, y digo darles, porque su hermana Silvia era el pretexto para llevarles “gallo” a la 10 o 11 de la noche cuando empezaba mis pininos con la guitarra y cantando los boleros de ese tiempo inolvidable, siempre acompañado de los cuates Miguel Marenco Sánchez (finado) que tocaba la armónica, Pico Borrego, Toño González, Toño Porres, Nacho Cabral Pérez(finado) y mi primo hermano, Luis Bernardo Carreño Scully (finado) que le echaba los “perros” a Silvia en ese entonces. Y no eran para las Zamudio Hidalgo las serenatas nada más, era también para otras amigas adolescentes. Y que años después lo hiciera con mi compadre Luis Huesca Nieto (finado) tocando el requinto. Se casó muy joven, pues un ingeniero que llegó a trabajar al Ingenio El Potrero de 23 años y que todavía vivían mis abuelos Scully dentro del predio del Ingenio y que conocí de chamaco, fue el que la llevó al altar. Vivió muchos años en Motzorongo pues allá después de Potrero, se fue a chambear

Ramón Camacho Junco, del cual, ella enviudó muy joven. Tuvo dos hijos, Ramón y Guillermo, y una mujer, Gracielita. No hay cosa peor en la vida para una madre, que perder un hijo, y desgraciadamente ella, perdió a su hijo Ramón, de ahí la vida de una madre, ya no será la misma. Ramón y ella, fueron compadres de mi tío Hugo Scully y de su esposa Bertha Fuentes pues le bautizaron a mi primo Guillermo. Estos últimos años, ya son muchos, ella, fue el enlace de los viajes a la ciudad de México para asistir a las comidas que cada año se hacían en El Casino Veracruzano de la ciudad de México en la avenida Miguel Ángel de Quevedo, allá por Coyoacán.

Reuniones organizadas por cordobeses radicados en la capital y los que asistíamos desde Córdoba en el mes de noviembre. Así mismo, junto con la Bicha Arevalo, Lourdes Postlehtwaite Sánchez, nos convocaba a la comida que últimamente se hacía en el ranchito de Jorge Layún Sehedi en el mes de mayo, para juntar a los cordobeses de allá de la capital y de aquí de Córdoba. Su bondad, no tenia límites, su trato especial para cada persona, muy amable, muy apreciada por sus amistades, con esa ternura que llevaba a donde estuviera con mucha calidad humana, así la conocí, así la vi, así conviví con ella y las amistades de toda una vida que nos acompañábamos en esos viajes a México, para ir y saludar a toda esas gente que no habíamos visto en 30, 40 o 50 años, y que de repente aparecían en ese convivio y que se volvía una tarde de bohemia en la cual no podía faltar el himno que compuso Pepe Guízar (el pintor de México) a la belleza Cordobesa: Gely Sustaeta, cantada por su servidor, entre otras. Obvio, que la pandemia acabó con esa celebración y que también por las edades tan avanzadas, terminó con la existencia de algunas amistades, como decía: amigos de toda la vida y que se nos adelantaron en ese camino que algún día recorreremos todos. Mi queridísima Graciela Zamudio Hidalgo, en un lugar de la casa, tengo en un cuadrito un escrito de hace 22 años, que titulaste *Recordar es volver a vivir* que dice: Carta a Johnny Salmerón Scully, publicado en el periódico El Mundo en mayo de 1999, escrito, que es mi mayor recuerdo tuyo, a donde me pides que no deje de escribir por lo agradable de los mismos, así como también te agradaban las serenatas y que rematas: “un fraternal abrazo de tu amiga que piensa que recordando volvemos a vivir los tiempos ya idos que fueron tan felices”, Graciela.

Hoy que estas ausente, querida amiga, llegan todos los recuerdos de nuestra juventud dorada, recuerdos que jamás se borran, pues fueron únicos en su momento. Mientras tenga vida, te estaré extrañando por todo lo que aportaste en vida a tus seres queridos y amigos y amigas que dejaste en tu parida y que te fuiste al cielo directamente sin hacer escalas y que te merecías por tanta felicidad y cariño derrochado. Seguirás en nuestros corazones. En paz descanses Graciela Zamudio Hidalgo.

¡Gran mujer!