Las palabras obedecen a la realidad

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Hace 10 años, Antonio Calvo, catedrático de literatura española de una Universidad norteamericana, preparaba su clase cuando entró a su cubículo un guardia de seguridad, le quitó las llaves, le confiscó su computadora y su correo electrónico y le exigió que abandonara el campus universitario. El catedrático, que a sus 46 años llevaba 10 de impartir cátedra en esa universidad, fue, así, súbitamente cesado y despedido sin recibir ninguna explicación. Cuatro días después fue hallado en su departamento: se había suicidado. Las autoridades dijeron que, por respeto a su intimidad, no se daban las razones del despido. Después se supo que el cargo que desencadenó este infausto suceso fue un comentario que el maestro hizo por correo a un alumno en el que empleó una frase (españolísima, por cierto) en la que se hace referencia a los genitales masculinos para indicar algo así como “no te hagas el tonto”. Este aciago episodio, descrito por el columnista Daniel Samper Pizano en su blog (https://losdanieles.com/26/09/2021) sirve de muestra de lo que suele ocurrir con los mensajes verbales que muchas veces se emplean y son censurados por oyentes o lectores que los descontextualizan. “Las palabras, señala Daniel Samper, solo acatan a los hablantes, no a las oficinas de cabildeo, las iglesias, las ONG, la Defensoría del Pueblo, las cartas de protesta y ni siquiera los gustos de los académicos. Por eso su vida es extraña y fascinante”.

Hoy se discute sin parar el uso del lenguaje llamado “inclusivo”, en donde las posturas se vuelven cada vez más radicales, al grado de que quien se opone a su uso corre el riesgo de ser considerado anacrónico, reaccionario, conservador y ser bloqueado hasta en las redes sociales.

“Lo más dramático en esta huida de la realidad –señala  Daniel Samper– es el llamado lenguaje inclusivo extremo, que retuerce la milenaria estructura del español para embutir el género femenino en las frases. Está demostrado que, en casi todos los idiomas, cuando, por ejemplo, se habla de los ciudadanos o los campesinos están incluidas tácitamente las ciudadanas y las campesinas. Expresarlo por duplicado sobra, aburre y agobia. En todo caso, aunque la solución fuera destrozar la lengua para cambiarla, no se afectaría la realidad, que sigue siendo terca, injusta y cruel… La lengua es un río lento, veleidoso e inclemente cuya corriente no es fácil enmendar ni modificar” (https://www.elcastellano.org/08/11/2021).

La filóloga española Lola Pons Rodríguez, catedrática de la Universidad de Sevilla, en entrevista con Miguel Frías en “Clarín”, lo explica con claridad: “El lenguaje inclusivo proviene del activismo y está basado en ideas bienintencionadas que buscan equidad o igualdad. Es un cambio propuesto desde arriba y es muy difícil que se generalice socialmente, porque a veces es complejo utilizarlo” (https://clarín.com /28/10/2021).

Esta mistificación de la realidad por el lenguaje se ha apoderado de las redes sociales. “Los delirantes tiempos de las redes sociales, –dice Samper  Pizano–, las mentiras, el sentimentalismo populista, el delique (eso de “lastimar” a mentes “delicadas”) y otras yerbas han traído una relación enfermiza con la realidad. Algunos prefieren negarla: Trump insiste en que no hubo una asonada en el Capitolio de Washington. Otros, exagerarla: hay quienes consideran violencia sexual todo comentario negativo sobre el aspecto físico de una persona; afirmar que es gorda o pecosa constituiría casi un delito. Muchos camuflan la realidad con palabras blandas: “prepagos”. Todos intentan alterar la lengua creyendo ingenuamente que así modifican las situaciones descritas, como si no mencionar a los chaperos en el Diccionario hiciera desaparecer la prostitución masculina”.

Las lenguas son productos sociales. Palabras que son seculares de pronto entran en desuso o pierden su sentido al ser mal utilizadas o sacadas de su contexto o profanadas intencionalmente.

Esto sucede con tanta frecuencia que sobran los ejemplos: La publicidad (comercial) y la propaganda (política) desfiguran las palabras, camuflan la realidad, la cubren de harapos para hacerla inocua (inicua). Si en pleno frenesí de supuesta austeridad una “servidora pública” viaja en avión particular para ir a un banquete, todo es explicado desde el podio simplemente como un “error” (¿voluntario?) y no como un acto de corrupción. Y si un presidente, en mil días de gobierno ha expresado a la nación 61000 afirmaciones falsas o engañosas (59ª #INFOGRAFIA, con cifras de #SPIN), esto indica una peligrosa huida de la realidad.

“A mí –señala la filóloga Lola Pons– me preocupa más que el periodismo transmita de manera acrítica el lenguaje político, que puede ser muy peligroso y tender al ocultamiento. Hay un primer delito lingüístico cuando un gobernante opta por la construcción impersonal para no asumir como propia una decisión. Dice: ‘Se decidió subir los impuestos’. No, debería decir: ‘Yo he decidido subir los impuestos’… Un gobierno puede modificar la forma de llamar algo, pretendiendo disfrazar, neutralizar, borrar la realidad”.

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