Aquel Parque Castillo

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Héctor Efraín Ortega Castillo

Todas las ciudades poseen una Plaza Pública en la cual por costumbre reuníanse los mercaderes, se hacían negocios, se encontraba a la gente importante, se disfrutaba del sol matinal o de la taciturna sombra vespertina, se caminaba para desperezar las piernas o para “bajar” la comida, o hasta para recibir las noticias más importantes o las oficiales que llegaban a través del “bando solemne”. La Plaza Pública de Orizaba hallábase entonces en el lugar que hoy ocupa el Palacio Belga. A escasos metros, la Parroquia de San Miguel Arcángel lucía -como ahora- arrogante y majestuosa, con su atrio embaldosado. A un extremo, el llamado “Parque de los Naranjos”, que no era una Plaza Pública pero sí un jardín urbano, oasis de la Pluviosilla Señorial y Legendaria.

No siempre se llamó Parque de los Naranjos. También se le conoció como Plazoleta de la Parroquia y por algún tiempo, y sin mucho éxito, Plazoleta Juárez. El lugar que hoy ocupa el Parque Castillo era, en realidad, medio parque y estaba sembrado de naranjos, de álamos, pomarrosas, acacias, araucarias… entre las flores, azucenas, margaritas, gladiolas, azahares… el Jardín de los Naranjos era un pequeño santuario medioambientalista de aquellos ayeres en los que nadie sabía –ni le importaba– quién era el Presidente de los Estados Unidos.

La otra mitad del parque, hasta 1882, estaba ocupada por casas. Media manzana de casas que era conocida como la “manzanita Bedriñana”. Manzanita por sus dimensiones y Bedriñana en honor del filántropo pluviositano Don Gaspar de la Bedriñana. Esas casas, muchas de ellas, si no la mayoría, en deficientes condiciones, eran propiedad del riquísimo Manuel Carrillo Tablas, quien gratuitamente las donó al Ayuntamiento para que éste pudiese ampliar la urbana dehesa.

En 1883, el Gobierno Municipal en combinación con el Estatal (y sobre todo este), procedió al desalojo y reubicación de los pocos moradores de la Bedriñana, procediendo a la demolición de los inmuebles. Amplióse, de esta forma, el Jardín de los Naranjos y a continuación se llevarían a cabo otras mejoras de ornato, como el barandal de hierro que circunda el templo parroquial y que lo separa del parque. Éste mejoró al colocársele como piso losas de piedra labrada y al sembrársele más álamos, pinos, ocotes, araucarias… hasta que finalmente el 16 de septiembre de 1883 concluyeron las obras de ornato. Todo ello debiósele a los esfuerzos y buena voluntad del Gobernador Apolinar Castillo, quien despachaba a escasos metros de allí. Por ello, a partir de entonces, los orizabeños agradecidos comenzaron a llamar al jardín como “Parque Castillo”. A la postre, irían implementándosele diversas mejoras que lo embellecerían, como la estatua de Miguel Hidalgo, la de los Defensores de Veracruz o el kiosco. Pero ello, ya sería materia de otra colaboración…

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