El quinto hijo

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

¿Qué podríamos decir de una mamá que calificara así a un niño: gnomo, duende, monstruo, mongólico, duendecillo achaparrado, marciano, enano, cachorrillo, mascota, bobo, Alien dos, Hobbit, Gremlin, perrillo empapado, ser-no-humano, perrillo asustado, Dumbo, babosa gigante, pobre bestezuela, ser extraño, sanguijuela, mal chico, pequeño bruto, Trasgo, pigmeo, Neanderthal?

David y Harriet forman un matrimonio pletórico de amor e ilusiones. Ambos trabajan con ahínco (ella, en el hogar) para adquirir una casa amplia, con muchas habitaciones, confortable, en la que puedan caben todos, todos los hijos que sea posible y que ellos están dispuestos a procrear y mantener.

Durante las vacaciones (dos veces al año) todos se reúnen en esa gigantesca casa y conviven en un ambiente de paz y armonía, con la música de fondo de los hijos que poco a poco se van multiplicando. Nace uno, dos, tres, cuatro y, de pronto, Harriet está nuevamente embarazada. David está en mayores problemas: su sueldo es insuficiente para pagar la hipoteca de aquel caserón y ahora la familia crece y crece… El padre de David, próspero empresario, está dispuesto a entrar al quite, para que los niños de la feliz pareja puedan tener una educación “de calidad”, por supuesto, en escuelas privadas.

Harriet, que ha disfrutado los cuatro embarazos anteriores, empieza a sentir que este quinto hijo no es igual a los otros. Su comportamiento en el útero materno es inusual, agresivo, violento, y Harriet empieza a sospechar que algo anda mal. Mientras el médico no encuentra nada anormal, la pobre mujer lucha con sus sentimientos encontrados: al tiempo que ve con alegría su embarazo, resiente la llegada de este nuevo huésped, con su raro comportamiento. Por fin, nace Ben, el quinto hijo, y la sorpresa no solo de su comportamiento sino de su misma figura invaden la casa. Los cuatro hijos anteriores rehúyen al pequeño, lo encuentran raro, como no perteneciente a la misma familia, a los mismos padres. Los demás familiares empiezan a alejarse, se van acabando las amenas reuniones semestrales. Las visitas se espacian hasta casi desaparecer.

Ben, en efecto, no es un niño “normal”. Su complexión, robusta y fuerte, pone en peligro la estabilidad familiar: la madre, Harriet, lucha contra todo y contra todos: por una parte, defiende a su hijo, es su hijo; por otra, le va recetando sucesivos epítetos como los  enlistados arriba. David y sus padres insisten en que el niño debe ser internado en un lugar especial: no puede vivir como un niño “normal” y poner en riesgo a la familia entera, especialmente a sus hermanos. De hecho, apenas pudiendo caminar ha estado a punto de ahorcar a su hermanito de apenas cuatro años.

Después de fuertes disputas familiares, los padres de David y este mismo logran que el terrible Ben sea llevado a un hospicio, lejos del hogar. Pero Harriet no ha quedado tranquila. Aunque ahora no la angustia ya la presencia de Ben, cada vez más agresivo, huraño, violento, “raro”, siente el reproche de su conciencia por haber permitido que el niño sea recluido en un lugar que sospecha sea para su desgracia.

Un buen día, retando a su esposo, toma el auto y viaja hasta descubrir en donde está internado su hijo. El encuentro es brutal: el niño yace drogado, con la lengua colgante, bañado en sus propias eyecciones, sometido en una camisa de fuerza, a punto de morir de inanición. Lo arrebata y regresa al hogar con aquel despojo infantil. El conflicto familiar arrecia. Poco a poco ella va aceptando que el niño forma parte de otra realidad y apenas puede someterlo con la permanente amenaza de devolverlo a aquel lugar, en donde son llevados los niños desahuciados y cuyo destino es una muerte anunciada.

El niño va creciendo, en la escuela no aprende nada y convive con un grupo de pandilleritos, luego con adolescentes y jóvenes que se drogan, roban, destruyen. Entonces, Harriet se confirma en su presentimiento: Ben no forma parte de la actual etapa evolutiva del ser humano: simplemente es una muestra de una etapa ancestral (¿o futura?) de la hominización…

Novela dura, impactante, cruel, absorbente, en que una familia se percata de que no es posible una vida como la había soñad. La realidad se impone despiadada y rompe todos los sueños y las ilusiones: Ben, el quinto hijo es, quizá, símbolo y modelo de una nueva humanidad, nueva pero antigua, retrógrada en la línea evolutiva. Como inicio de una humanidad que se vuelve cada vez más inhumana, despiadada, brutal.

La novela, El quinto hijo, es de la escritora Doris Lessing. Ha dejado, con esta pequeña y espeluznante historia, un reto a la inteligencia y a la capacidad reflexiva de los lectores. Indudablemente, después de Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, una obra de obligada lectura y reflexión.

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