Columna: Vida y Muerte

Adán Cabral Sanguino

Una de las dolorosas lecciones que nos ha dejado la pandemia ha sido la fragilidad del ser humano: no somos nada, si acaso, polvo en el viento. En ese sentido, la vida –el más preciado regalo que actualmente tenemos- adquiere un profundo sentido que se entiende mejor, precisamente, con la muerte. Ambos son las dos caras de una sola moneda, por lo que son paralelos y complementarios. Nos hacen iguales. Al menos, en eso, hay democracia.

Como ya lo saben mis lectores, todos los años escribo un texto relacionado con estas festividades de los fieles difuntos. Y digo festividades porque, como asegura Corina Mendoza (2018), México es, probablemente, el único país del mundo que celebra la muerte. Para Oriente se trata de veneración; para Norteamérica es luto y dolor; para Europa significa vacío y silencio. Para México es una auténtica fiesta, un homenaje colorido y ruidoso de todo lo que perdimos. Las lágrimas no tienen cabida. Se trata de bailar, reír y comer; sentir a los que se fueron convivir con nosotros. Una noche especial para volver a reunirnos. Y eso, por supuesto que es una razón para celebrar. Pero en el 2020 decidí guardar silencio por la tragedia que representó la pandemia para muchos hogares, y por respeto a los fallecidos, especialmente, mis amigos. Aunque este año, parece que, en el ánimo social, recobró fuerza esta conmemoración.

La muerte siempre está presente, lo que sucede es que nos hemos olvidado de ella; la vemos como alguien oscura y lejana, lo que es cierto es que se necesita muerte para que haya vida y vida para que haya muerte, es decir, cuando realmente entendemos que la muerte puede llegar en cualquier momento, es cuando comenzamos a vivir, pero no a vivir con miedo, sino vivir con satisfacción de la vida que tenemos para que, cuando llegue ese momento, nos vayamos en paz y con satisfacción (Paula Fernanda Fortoul, 2021).

En la literatura, encontramos diversos escritores que coinciden con dicha afirmación, de los cuales seleccioné las siguientes frases para ustedes: “A final de cuentas, la muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos” (Antonio Machado); “Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte” (Sigmund Freud); “Es más fácil soportar la muerte sin pensar en ella, que soportar el pensamiento de la muerte” (Blaise Pascal); “La muerte es dulce; pero su antesala, cruel” (Camilo José Cela).

Y si bien “los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte y los valientes gustan de la muerte una única vez” (William Shakespeare), en estos tiempos pandémicos, la cautela no debe confundirse con cobardía, en especial, si tenemos alguien o algo por qué vivir. Por eso, coincido con Stephen Hawking, quien aclaró: “No tengo miedo a la muerte, pero no tengo prisa por morir. Tengo mucho que hacer primero”. Y Jaime Sabines expresó la misma idea con este hermoso verso: “Alguien me habló todos los días de mi vida al oído, despacio, lentamente. Me dijo: ¡Vive, vive, vive! Era la muerte”. Y es que el sentido de la vida consiste en saber que se puede encontrar los porqués de lo que vivimos, pero para hallar esos significados hay que indagar mucho; hacerse preguntas y estar atentos a las señales que nos quiere mostrar el universo. Hay que vivir a profundidad.

Bien lo sentencia la sabiduría popular: “si quieres saber tus defectos, cásate; si quieres conocer tus virtudes, muérete”. Sólo así escucharemos el típico “tan bueno que era en vida”. Naturaleza humana.

Como decía Octavio Paz, somos mortales porque estamos hechos de tiempo y de historia. Pero hay salidas instantáneas a través de la cultura, que es un acto poético, que disuelve el tiempo, para escapar de la historia y de la muerte.

Mientras tanto, como dice la Biblia, dejemos que los muertos entierren a sus muertos. Y rindamos un homenaje a la vida recordando a nuestros seres queridos que esta noche nos visitan.