El amor a Dios y al prójimo

Hands writing on old typewriter over wooden table background

P. René Cesa Cantón

Entendemos normalmente el mandamiento un precepto u orden que nos viene de Dios o de la Iglesia. En realidad, “mandamiento” es, en el Nuevo Testamento, encargado o invitación que el discípulo acepta porque es creyente y quiere serlo. Los mandamientos básicos no son leyes, sino bienaventuranzas. No se ama por ley, sino por decisión libre y personal basada en el efecto. Los mandamientos son invitaciones a ejercer la caridad.

Los dos mandamientos de amor y fidelidad a Dios y amor y lealtad al hombre eran ya conocidos en el Antiguo Testamento. “Prójimo” era sinónimo de “hermano”. Entre los prójimos se crea una relación amorosa o amistosa. Ser prójimo de alguien es entrar en su compañía para estar con él o ayudarlo. Por consiguiente –se dice ya en el Levítico-, al prójimo hay que amarlo con el amor de Dios.

En tiempos de Jesús se habían multiplicado los mandamientos considerablemente: había 613. En las escuelas rabínicas se discutía cuál era el “primero” o el “mayor”: rechazo de la idolatría, observancia del sábado, prohibición de derramar sangre, no profanar el nombre de Dios, etc. Se discutía quién era el prójimo para un israelita. Jesús expresa con toda nitidez el mandamiento nuevo, que sustituye al antiguo de la vieja alianza. Antes se insistía más en el “temor” de Dios. Frente a los escribas y fariseos, Jesús se apoya en las Escrituras, desautoriza la interpretación que de ellas hacen los saduceos, en función de sus propios intereses de clase, y se manifiesta en contra de las tradiciones falsificadoras. Afirma resueltamente haber recibido del Padre dicho mandamiento, que es el distintivo de la nueva comunidad. Un distintivo, a su vez, nuevo por su contenido (“unos a otros”) y por su radicalidad (“hasta dar la vida”). El centro del mandamiento nuevo no es uno mismo, sino Dios y el prójimo desvalido. Quien cumple con el amor al prójimo cumple toda la ley, ya que este amor es la culminación de todos los demás.

Para reflexionar:

¿Es cierto que la caridad empieza por uno mismo?

¿Qué dificultades encontramos hoy a la hora de cumplir con el mandamiento nuevo cristiano?

Salmo responsorial 17

Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza.

Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza,

el Dios que me protege y me libera.

Tú eres mi refugio,

mi salvación, mi escudo, mi castillo.

Cuando invoqué al Señor de mi esperanza,

al punto me libró de mi enemigo.

Bendito seas, Señor, que me proteges;

que tú, mi salvador, seas bendecido.

Tú concediste al rey grandes victorias

y mostraste tu amor a tu elegido.

Oraciones sálmicas

“Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza”

Me gusta rezar con las propias palabras del salmista y decirte a boca llena: “Yo te amo, Señor”. Déjame repetirlo porque esas palabras se hacen miel en mis labios. “Te amo, te amo”. Y es que no estoy acostumbrado a ese lenguaje. En la Biblia siempre eres Tú quien nos tomas la delantera; siempre nos amas primero, siempre nos sorprendes con tu amor. Pero, en este salmo, este gran amigo tuyo ha querido madrugar un poco más que Tú para decirte: “Yo te amo”. Y este amor tan grande, tan intenso, tan mañanero hacia Ti es su fuerza. ¡Qué fuerza tiene el amor! Nada se pone por delante. Nadie lo puede detener. ¿Quién podrá adivinar lo que será capaz de hacer una persona poseída por el amor de Dios desde el amanecer?

“El Señor tronaba desde el cielo” …

La tormenta es un signo del poder y de la grandeza de Dios. A veces, Señor, necesitamos que nos recuerdes lo inmensamente grande y poderoso que eres ya que nosotros los humanos, somos tan tontos que nos creemos los importantes, los dueños del universo. Nosotros necesitamos decirte que Tú eres nuestro Dios, que Tú eres nuestro Señor. Queremos encontrarnos a gusto contigo: en el Cosmos y en la tienda de campaña; en el diálogo y en el silencio; en el asombro y en la ternura.

“Me coloca en las alturas”

Por la propia inercia tendemos a lo bajo, a lo llano, a lo fácil, a lo de siempre… Pero Tú, Señor, alargas tu mano poderosa y nos colocas en las alturas. A Ti te va lo alto, lo esforzado. Tú has subido al monte Calvario y has sido clavado en lo alto de una cruz. Desde esa altura nos hablas de obediencia radical, de amor loco y apasionado, de entrega total, de santidad auténtica.

¡Viva el Señor, bendita sea mi roca!…