Columna: El Día de la Escritora

Leilani Yunuén Alejandre Rosas

Pro secretaria del SCM, corresponsalía Orizaba

El Día de la Escritora se celebró este 15 de octubre, con la finalidad de enaltecer el legado de las mujeres y su aportación a la historia. Así como combatir la discriminación y desigualdad por género.

Se celebró por primera vez en el año 2016, como iniciativa de la Biblioteca Nacional de España con la Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias, y con la Asociación Clásicas y Modernas.

La conmemoración ocurre cada año el lunes más cercano a la festividad de Teresa de Jesús, quien contribuyó a la literatura con su poesía lírico-religiosa, además de actos de bondad que en ella concurrían.

Ser mujer en un mundo para hombres no es fácil y menos en siglos anteriores, cuando el precio de publicar un libro, ensayo o poema era ser firmado por anónimo o un seudónimo masculino.

Esa fue la realidad de muchas y no es por nada que Virginia Woolf dice en su libro “Una habitación propia”:

“Me atrevo a adivinar que anónimo, que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer”.

Según la británica, la gran mayoría de las obras de la historia que quedaron firmadas bajo un anónimo fueron escritas por una mujer que no podía revelar su nombre por la presión de la sociedad y los pensamientos machistas de ese entonces. Ya que como el poeta Robert Southey, muchas personas tenían su mismo pensamiento:

“La literatura no puede ser asunto de la vida de una mujer”

Las mujeres que deseaban ser escritoras publicaban de tal modo y una de las más famosas (de la cual conocemos ya su nombre) es la británica Jane Austen quien en su primera novela firmó bajo el seudónimo “By a lady” para mantener intacta su reputación, ya que en esa época no se veía correcto que una mujer se interesara por escribir, en lugar de la crianza y maternidad.

Ella escribía a escondidas, como de seguro también lo hicieron muchas de sus congéneres, quienes a pesar de los impedimentos desafiaron las reglas y lograron ser reconocidas en la literatura clásica y universal.

Austen optó por el anonimato, mientras las hermanas Brönte decidieron cambiar sus nombres: Charlotte, Emily y Anne, por otros masculinos, así como la autora de Mujercitas quien cambió su nombre de Louisa M. Alcott por A.M. Barnard para casi todos sus escritos o como Colette quien tuvo que aceptar que su esposo firmara las obras que ella escribía.

Los hombres se apropiaron de muchos de los contenidos artísticos, literarios y hasta científicos de sus esposas, de las cuales también tenemos una lista interminable de casos de féminas invisibilizadas, cuyo mérito fue robado por los varones.

Casi a finales del siglo pasado, los genios de la historia comenzaron a tomar partida hacia la ideología de que era necesario explorar el trabajo de las mujeres.

Hoy, después de años de lucha y reconocimiento de nuestros derechos, podemos escribir y publicar sin prejuicios gracias a las escritoras de otras épocas que lograron abrir sendas para futuras generaciones.

¡Ninguna mujer más que no pueda decir “esto es lo que yo pienso”! (Woolf, 1929).