También mueren las estatuas

Hands writing on old typewriter over wooden table background

HÉCTOR EFRAÍN ORTEGA CASTILLO

Las ciudades cambian. Se transforman. No son entes estáticos, estando siempre en constante movimiento y, aunque suene muy cliché, podemos asegurar que lo único constante es el cambio (Heráclito dixit)… complementémoslo de una vez con el sutra budista de “lo único que no cambia es la conciencia”. Pero como no nos pondremos filosóficos en ésta ocasión, retomemos el tema de las ciudades.
Orizaba ha cambiado. Eso es definitivo. Y no solo en los recientes trece años, lo que es innegable; sino a lo largo del tiempo. Si hiciese el amable lector un ejercicio imaginativo, daríase cuenta que la Orizaba que hoy conoce no es la misma que la de inicios del siglo XX, ya no digamos la colonial. Y aunque muchos monumentos persisten y aunque también nos empeñamos en ver todo tras el cristal poético de la Orizaba antigua, señorial y varios etcéteras, aceptémoslo: Pluviosilla ya es otra.
Y en este fenómeno intervienen dos fuerzas opuestas e igualmente importantes: la conservadora y tradicional que levanta un muro al cambio, y la liberal y progresista que embiste con la idea de transformarlo todo. La suma de los opuestos es, humanamente hablando, negociable. El conservadurismo cede un poco y el liberalismo también. El resultado es armónico y visualmente estético (en cuanto al diseño urbano). Tampoco hay que perder de vista que aquello que sería emblema de progreso en una época, generaciones más tarde adquiere un cariz tradicional. Ejemplo de ello es –entre muchos otros– el Palacio de Hierro.
En 1891, cuando el Cabildo pluviositano planeó su edificación, obtendría una andanada de críticas conservadoras. El susodicho palacio, de estilo art-nouveau (de moda a fines del siglo XIX y principios del XX y que ahora nos parece anacrónico) contrastaría con la personalidad colonial de la Orizaba decimonónica. Al final de cuentas, el Palacio de hizo y hoy, a 130 años de haberse planeado y 127 de inaugurado, es emblema y orgullo de Orizaba: nuestro símbolo más representativo (si de edificios estamos hablando). Creo que es difícil encontrar a un orizabeño que no se muestre orgulloso de este inmueble que ya es parte de la tradición.
No ocurre lo mismo con otros símbolos, como las estatuas. Estas pueden ser de dos tipos: las que muestran abstracciones y las que se refieren a personajes. Las primeras por su naturaleza no suelen despertar críticas (salvo una excepción que mencionaré). Puede no gustarnos el estilo ni la estética, pero rara vez estaremos en desacuerdo con honrar estas abstracciones, como por ejemplo: la libertad, la bandera, homenajes a los caídos por el covid-19… La maternidad, o la idea tradicional de la maternidad sí que despierta, hoy en día, críticas y suspicacias. Y por si no se han dado cuenta, en Orizaba hay tres estatuas que abarcan este tema: el monumento a la Madre del Parque López, el de la explanada del Hospital de Especialidades, y el más reciente en la Plazoleta de Los Dolores. Hay más estatuas a la Madre (amorosa o gestante) que a cualquier héroe de la Independencia.
El héroe en cambio, suele convertirse en objeto de vituperios y murmuraciones diversas. Porque si bien la historia no cambia, su interpretación sí. Y nadie se salva, aunque –citando la regla final de “Rebelión en la Granja”– hay unos más iguales que otros.
Y es que el personaje histórico (ya no digamos héroe, ello implicaría que también puede haber un villano) pierde su significación en la sociedad. De ser un homenaje a su legado y a su persona, el monumento pasa en el mejor de los casos, a ser un objeto decorativo. Y a veces ni eso. No es extraño que la estatua caiga bajo el peso del revisionismo histórico.
Y es que cuando los hombres están muertos, entran en la historia. Pero cuando las estatuas mueren, entran en el arte.

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