Las manos de Dios

Hands writing on old typewriter over wooden table background

P. René Cesa Cantón

Señor, haz que estrechemos tu mano negra para que la tierra produzca frutos de esperanza. Haz que estrechemos tu mano amarilla para que cada uno gane su pan con dignidad. Haz que estrechemos tu mano blanca para que florezcan capullos de justicia en todas las ramas. Haz que estrechemos tu mano roja para que todos los habitantes de África, de Asia, de Europa y de América cultiven bajo todos los cielos y en todos los tiempos campos de oración y jardines de paz.

Nabil Mouannès

Las manos de Dios no son sólo blancas, sino que tienen todos los colores de la piel de la humanidad, por lo que, si quieres darle la mano, no tienes que dudar en estrechar su mano negra, amarilla o roja. Efectivamente, con las manos de los justos de toda la tierra, Dios cultiva los campos de la plegaria, hace brotar la justicia, madura los frutos de la esperanza transformando el mundo en un jardín de paz. Cada etnia, cada pueblo, cada fe es necesaria para crear un mundo distinto de aquel en el que las manos se alejan o, peor aún, se arman unas contra otras.

La oración de hoy la escribió Nabil Mouannès, sacerdote del Líbano, una tierra que ha conocido tiempos de manos diferentes unidas en concordia y tiempos de manos enfurecidas en el desencuentro. Es una invocación necesaria en un tiempo, el nuestro, en el que se suele creer que Dios es sólo blanco, como un europeo, o sólo aceitunado, como un árabe. La enfermedad del fundamentalismo anida en el entramado oculto de las religiones, corrompiéndolas. Es preciso recobrar el horizonte de Dios, que ama a todas las criaturas salidas de sus manos con tantos perfiles y formas diversas y que las quiere a todas – como dice el profeta Sofonías (3-9)- invocando el nombre del Señor y sirviéndole con el mismo empeño.