El perro de Tobías

Hands writing on old typewriter over wooden table background

P. René Cessa Cantón

“Cuando salieron el muchacho y el ángel, el perro se fue con ellos y caminaron hasta que se les hizo de noche, y acamparon junto al río Tigris”

(Tobías 6,1)

Lo que proponemos es una pequeña escena divertida. Uno de los dos protagonistas del libro de Tobías, escrito en griego, el hijo Tobías Jr., se está encaminando hacia la lejana Media de su residencia en Nínive, la antigua capital de Asiria, en los contornos de la actual Mosul en Irak. Lo acompaña un amigo de nombre Azarías conocido desde hace poco tiempo: en realidad bajo estos despojos humanos, se esconde el ángel Rafael, un nombre emblemático sobre todo a favor de Tobías senior, el padre ciego de Tobías junior, porque significa en hebreo “Dios cura”. La curiosidad está, sin embargo, en aquel simpático perro que no quiere dejar a su patrón y con alegría se pone en marcha con él.

El corazón del joven Tobías no está precisamente tranquilo, no solo porque deja en Nínive al padre anciano y enfermo y la madre hostil a su partida, pero también porque su misión es delicada: deberá no solo tratar cuestiones económicas con un “banquero”, Gabael de Rage, sino que deberá también encontrar mujer entre el pariente Raguele de Ecbatana, para evitar un matrimonio mixto con una extranjera de Nínive. El drama, sin embargo, esta en el hecho de que la bella hija de Raguele, Sara, haya esposado a siete hombres, todos muertos la noche misma de las nupcias a causa de la acción perversa del demonio Asmodeo.

Es fácil entender que el marco histórico de la Diáspora hebrea es en esta obra, narrativamente fascinante, destinada a albergar una narración ejemplar de tonos fantasiosos y morales al mismo tiempo. La trama, de hecho, está ordenada de tres parejas de personajes: la primera es aquella heroica y ejemplar de los dos Tobías, padre e hijo. Ambos se unen a otra pareja femenina, constituida de las respectivas mujeres, Ana y Sara. En fin, está la pareja trascendente, el ángel Asarías-Rafael que encarna el bien y el demonio Asmodeo, un nombre de origen persiano.

La finalidad de este libro bíblico, llegado a nosotros en griego, quiere alcanzar y presentar al lector hebreo un modelo ejemplar de fidelidad personal que debemos imitar y una familia que conserva su fe, inclusive en medio de tantas pruebas y a una población extranjera que no ama a los hebreos. Lutero apreciaba esta obra y hablaba de ella con entusiasmo: “Si se trata de historia, es historia sagrada; si se trata de poesía, es un poema muy bello saludable y provechoso, obra de un poeta genial. Comedia fina y amable”. Sin embargo, el libro exalta sobre todo las obras justas que dan la salvación, una tesis ciertamente no aceptada por Lutero, el reformador.

La lectura integral –que es efectivamente muy agradable– celebra, como decíamos, el judaísmo fiel que, aunque en medio de dificultades de todo género, conserva intacta la adhesión a los preceptos de la ley bíblica y, por lo tanto, al final es bendecido por Dios según la así llamada “ley de la retribución”, por la cual la justicia es siempre recompensada.

El escrito, de hecho, termina con un happy end que disuelve todas las tensiones y el suspenso que prevalecía en las páginas precedentes: no por nada en hebreo el nombre “Tobías” significa “El Señor es bueno”. Un libro que hay que proponer, por lo tanto, con simplicidad en su lección ética de fondo, que es aquella de la fidelidad religiosa y moral, personal y familiar.