¿Se nace genio?

Hands writing on old typewriter over wooden table background

P. RENÉ CESA CANTÓN

La genialidad, como la santidad, no se hereda.

Nikolái Berdiáyev

El genio no es más que una gran actitud para la paciencia.

Georges-Louis Lecrec

Modesto y provocador como siempre, cuando el escritor Oscar Wilde llegó a la aduana de Nueva York en 1882, a la pregunta habitual: ¿Nada que declarar? contestó: ¡Nothing to declare except my genius! El genio como única riqueza refleja una convicción común según la cual se nace genio. Un lector me envía una serie de frases y aforismos para que cuando haya ocasión los comente. Los dos primeros, citados al principio, parecidos entre sí, afirman lo contrario de esa convicción. La genialidad no se hereda, declara el filósofo ruso Nikolái Berdiáyev (1874-1948) en un ensayo dedicado precisamente a la creatividad, y el famoso naturalista francés del XVIII Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, conecta el talento a una virtud que puede parecer menos adaptada a un intuitivo, y que es la paciencia.

Se puede entender en el caso de un científico que, aunque parta de una inspiración parecida a un relámpago, tiene después que avanzar por la senda meticulosa de la experimentación, y Buffon precisamente nos ha dejado su imponente Historie naturelle en 36 tomos. Pero el filósofo y el científico citados tienen razón. La genialidad es ciertamente un don divino, pero pronto puede volverse estéril si no se la cultiva pacientemente. El ejercicio es indispensable, y la música sublime de Bach revela una técnica refinada, fruto de ejercicio mental e incluso manual. Del gran Vivaldi se decía que componía una partitura más aprisa que su secretario al transcribirla; sabido era, sin embargo, que trabajaba incansablemente en cincelar, pulir y reelaborar. Aquí tenemos una enseñanza para todos: el esfuerzo, el adiestramiento, el empeño son necesarios en cualquiera y para cualquiera actividad. Sólo bromeando como Totò podemos decir: “Se nace genio. Y yo, modestamente, lo nací”.