La lectura de la Torah

P. René Cesa Cantón

“Leían el libro de la ley de Dios traduciéndolo y explicándolo para que se entendiese la lectura” (Nehemías 8,8).

Ideal continuación del libro de Esdras, el escrito bíblico titulado Nehemías, un copero hebreo del rey de Persia Artajerjes I, tiene en su corazón una página de fuerte intensidad espiritual de la cual hemos tomado solamente un fragmento emblemático. Pero antes de ilustrar este paso dedicado a la lectura comunitaria y litúrgica de la palabra de Dios, queremos brevemente remarcar las coordenadas de todo el libro.

Este libro es la descripción de la obra de este hombre político que deja un cargo prestigioso en la corte de Persia para dedicarse al renacimiento de la patria de sus abuelos, como había hecho ya el sacerdote Esdras. La empresa principal a la cual él se dedica consiste en la reconstrucción de los muros de Jerusalén con la colaboración de voluntarios, pero también con la hostilidad de algunas poblaciones locales. Entre los adversarios aparecen sobre todo un cierto Tobías, un hebreo que llegó a ser príncipe de los amonitas, un grupo transjordánico fuertemente enemigo de Israel, y Sanballat, el gobernador persiano de Samaria.

La restauración, sin embargo, llega a su término y se convierte en bandera de un renacimiento nacional y religioso, tanto es verdad, que Jerusalén se enriquece de nuevos habitantes. Es en este punto que el sacerdote Esdras, que era contemporáneamente la cabeza sacral y política, inicia una solemne ceremonia durante la cual, en la Puerta de las Aguas y en una fecha de otoño que quizás coincidía con el principio del año, se da lectura integral del “libro de la Ley de Dios”. Con esta expresión quizás se remita a un primer bosquejo de la Torah, aquella ley que en realidad se acompañaba con narraciones de los acontecimientos de las generaciones del pueblo hebreo, a partir de la creación, pasando por los patriarcas, el Éxodo de Egipto y la conquista de la tierra prometida.

Seria, pues, las sustancia de lo que nosotros llamamos hoy el Pentateuco. Es interesante, siguiendo el reporte del capítulo 8 en su integralidad, descubrir la modalidad de esta proclamación litúrgica de la palabra de Dios. Se tiene sobre todo la lectura que es un anuncio destinado a todos, hombres, mujeres y muchachos “capaces de entender” (8,2): no por nada en la tradición Judía la Biblia es llamada miqrá, o sea “Lectura” ella está “como en trozos distintos”, es decir en la forma de un leccionario y con una distribución textual, como aun hoy sucede sea en el hebraísmo sinagogal, sea en la praxis litúrgica cristiana.

Sigue la “explicación” –comentario del texto bíblico que es objeto de una “escucha” echa de atención y de adhesión. He aquí porque –en el seguimiento de la narración- brota la conmoción: son lágrimas de arrepentimiento por los pecados cometidos por los padres del pasado y del auditorio presente, arrepentimiento solicitado por la escucha de la palabra de Dios. Esta conversión empuja a los fieles a cumplir las donaciones a los pobres. Se abre, así, el último acto que sirve casi de marco litúrgico específico: se celebra la fiesta de las campanas, memorial de la estancia de Israel en el desierto del Sinaí antes de la llegada a la tierra prometida.

Con este acto público religioso de lectura con fragmentos, de la explicación, del compromiso, de la escucha, de la conversión y de la fiesta en torno a la palabra de Dios, se puede idealmente pensar en una especie de celebración oficial destinada a inaugurar el nacimiento de la comunidad judía como nación sagrada y civil, guiada por el sacerdocio que tiene el primado también sobre el poder político, de cualquier manera, representado por el “laico” Nehemías. Inmediatamente después seguirá en el libro una de las muchas suplicas penitenciales que llenan los escritos bíblicos postexílicos, signo de una renovación espiritual de la nación.