A las puertas del Paraíso

Hands writing on old typewriter over wooden table background

P. RENÉ CESA CANTÓN

Un hombre llamó a la puerta del paraíso. “¿Quién eres?”, le preguntaron desde dentro. “Soy un judío”, respondió. La puerta permaneció cerrada. Llamó de nuevo y dijo: “Soy un cristiano”. Pero la puerta aún siguió cerrada. El hombre llamó por tercera vez y le volvieron a preguntar: “¿Quién eres?” “Soy un musulmán”. Pero la puerta no se abrió. Siguió llamando “¿Quién eres?”, le preguntaron. “Soy un alma pura”. Contestó. Y la puerta se abrió de par en par.

(Mansur al Hallaj)

Místico y poeta musulmán, Mansur al Hallaj (858-922) murió crucificado y luego decapitado, dejando tras de sí un extraordinario testimonio de fe y de amor. De sus escritos tomo esa sugerente parábola. La verdadera identificación religiosa no se mide –como repetían los profetas bíblicos- por la adhesión exterior, por los actos de culto, por la ostentación, sino por la íntima fidelidad, por la pureza de alma, por el amor efectivo. Esa elección de vida es la que abre de par en par las puertas del reino de los cielos. Pero quisiera añadir ahora otro testimonio musulmán (de paso, para mostrar un rostro diverso respecto del islam fundamentalista).

El místico Rumi (1207-1273), fundador de los derviches danzantes, decía: “La verdad es un espejo que, al caer, se rompe. Cada uno recoge un pedazo y, viendo reflejada en él su propia imagen, cree que está en posesión de toda la verdad”. El misterio glorioso de la verdad nos precede. Tenemos que abandonar toda arrogancia ideológica y espiritual y escuchar también al otro con el bagaje de verdad que ha descubierto.

Lo cual no quiere decir que todas las ideas y todas las creencias sean automáticamente fragmentos de verdad, dado que son posibles los espejismos, las ilusiones, las obcecaciones. La autenticidad brillará a través del amor, la entrega a Dios y al hermano, la búsqueda humilde y apasionada.