Así eran nuestros festejos

Bien que me acuerdo de aquellas festividades dedicadas al patrón del Barrio de Cerritos, San Juan Bautista en el límite norte de la ciudad de Orizaba, Ver. Tendría yo como once añitos allá por 1965. Durante esa década, con buena economía nacional y local, la fábrica de hilados y tejidos alma y corazón del barrio, producía manta y telas de algodón. Estaba a toda máquina con los cuatro turnos de producción, generando trabajo y ganancias para todos. Esto se reflejaba en los festejos de las Fiestas Patronales, durante casi una semana. Y si el 24 de junio caía en domingo, pues el jolgorio era en grande. En los días previos, llegaba una pequeña caravana de Juegos Mecánicos con sus stands y atracciones típicas de pueblo: la Rueda de la Fortuna, Los Caballitos, Los Carritos o Sombrillitas, el Tiro al Blanco, Los Aros para Tirar, Los Cayucos o Balines, La Casa de los Espejos, La Mujer Araña, Los Churros, Las Papas Fritas, y un sinfín de pequeños vendedores como paleteros, semilleros, dulceros y un largo etc.
Todos estos puestos y juegos se emplazaban dentro de las instalaciones del campo de futbol y béisbol. Se ubicaban en la parte norte, un poco comprimidos, pero con espacio para todos ellos. En algunos otros años la Feria se montaba en el parquecito de enfrente del Sindicato, en la Poniente 30. En una ocasión, llegó un circo que se montó justo detrás de la Iglesia de San Juan Bautista, ese circo, aunque modesto y de regular tamaño, tenía todo lo que un niño imaginaba y quería ver de un espectáculo circense: payasos, enanos, música, animales y por supuesto los acróbatas y cirqueros que, a propósito, eran la máxima atracción, sobre todo para las mujeres del barrio y la región. Los trapecistas eran las estrellas del espectáculo, guapos y musculosos surcaban los cielos altos de las carpas y casi la tocaban dando giros y vueltas, ante el asombro de chicos y grandes y los suspiros de las damiselas. Con este referente, me remito a un domingo de esos días de festejos. Temprano, los cuetes explotaban desde las seis anunciando la misa de 7 am, después, la misa de 9 y el padre Cordero, quien era uno de los grandes animadores junto con el Sindicato y la Empresa Textilera, aprovechaba para sermonear a la gente. A esta hora ya estaban en el campo de béisbol dos novenas listas para disputar el trofeo: el equipo de Cerritos contra el Aquila Azteca de Chocamán, o algún otro gran equipo de la región de Córdoba, Veracruz. Tras una buena paliza al equipo local, las cervezas y las botanas corrían generosas entre jugadores y aficionados.

Ya a las dos de la tarde, el equipo de Cerritos Futbol Club estaba listo para enfrentar al poderoso Orizaba FBC. Años posteriores el Escuadra Azul, con más seguidores le haría los honores al famoso ADO, justo a las 4 de la tarde. Todos estos equipos de primera fuerza con jugadores profesionales o de alto rendimiento garantizaban un espectáculo futbolístico gratuito. Alrededor de la cancha, en las bancas y pretiles cientos de aficionados gozaban y gritaban animando a los suyos. Pero, todo este pequeño complejo deportivo estaba a su máxima capacidad, sin dejar de mencionar a la Parroquia que seguía con su misa de 12 y la última de siete de la noche. La gente vestía sus mejores galas y los jóvenes aprovechaban para ligar novias. Anexo al campo de balompié, en la parte noroeste, la Cancha de Baloncesto, justo a las cuatro de la tarde, estaba ya abarrotada para ver a las campeonas del equipo femenil de la Carta Blanca, de Cervecería Cuauhtémoc, conformado con jugadoras semiprofesionales de la región, enfrentándose a las aguerridas jugadoras del Cerritos Club. Todo un clásico basquetbolero. Inmediatamente, al término del juego, se ponían las mallas o redes de volibol y se jugaba un mix, con el Cleto comandando un equipo y el Lucio capitaneando al otro. Pero la expectación iba en siempre in crescendo durante ese mágico y festivo día. Un poco antes de la seis de la tarde, con el campo de fut y beis despejados. Se hincaba el esperado “Palo Encebado”. Niños, jóvenes y adultos arremolinados en torno del dichoso palo embadurnado de cebo y aceite quemado. Los más arrojados empezaban primero y casi siempre caían sin avanzar mucho. Otros, con arena y algún otro abrasivo en sus bolsas llegaban más alto, casi a medio palo, pero también caían. Los regalos y cajas de sorpresas se mecían colgados en la cruceta de madera en la cima del palo. El Público gritando y alentando a los participantes, hasta que llegaba David, “El Tarifas” quién con sus hermanos y algunos amigos de los cuartos de Cerritos hacían una pirámide humana y ¡zas! Llegaban a lo alto del palo para bajar los regalos, ante el clamor y aplauso de los asistentes.
Rápidamente quitaban el palo y despejaban el área para avisar que en breve soltarían al esperado “Cochino Encebado”. Otro espectáculo gratamente esperado por grandes y chicos. Y así, todos avisados, llegaba el Negro Rubén con un saco amarrado y se dirigía al centro del campo para soltar un mediano y famélico cerdo embarrado de cabeza a rabo de abundante cebo y aceite. Y salta el cochino, corriendo a cualquier dirección perseguido por niños y jóvenes, alguien lo atrapa y lo coge, pero se le zafa como pez entre las manos, y sigue corriendo asustado buscando salida y es atrapado nuevamente ahora de una pata, pero rápidamente se sacude y se escapa ante el griterío de la concurrencia. Así pasan los minutos hasta que llega nuevamente el “Tarifas” y sus amigos, quienes armados con sacos de ixtle y arena y tras algunos intentos lo cercan y atrapan finalmente.
Empieza a oscurecer y el clímax está al máximo. Los vendedores haciendo su agosto, los enamorados flirteando y todo mundo feliz. Alguien destapa los dos castillos o torres de palos y carrizos que sostienen toda la pirotecnia en la esquina sur del campo. Entonces aparece don Mecalco y prende fuego y ¡Zas! Rehiletes multicolores iluminan la joven noche girando y zumbando, mientras un fuerte olor a polvera se esparce. Todos mirando las luces y el humo cuando un grito se escucha casi al unísono: ¡Torito! Esta vez Don Mecalco, con un costal al lomo aguanta a dos manos la estructura de carrizo en forma de lomo y cabeza de toro, adornada con listones multicolores y muchos cuetes y pequeños rehiletes de pirotecnia. Y con todo el torito encendido y silbando, arremete contra los que osan acercarse y torearlo, corriendo y provocando a la vez gritos de espanto y de alegría. Pronto se cansa y otro valiente toma la alternativa cargando al torito y correteando a los muchachos, y así uno tras otro, hasta que se apagan los últimos cuetes. La fiesta aún no termina. Ya entrada la noche, la gente, sobre todo los adultos, con sus guayaberas los hombres y vestidos multicolores las damas, se desplazan ahora al gran salón del Sindicato de la Cooperativa de los Trabajadores de Cerritos. En la tarima principal, Pepe Loman y la Sonora Orizaba ya están afinando para el gran baile que cierra las fiestas de San Juan Bautista, Patrón del Barrio de Cerritos. El cierre y clausura de las Fiestas de San Juan Bautista terminaba con el gran Baile de Coronación de la Reyna de las Fiestas Patronales. Cabe agregar que esta tradicional elección de la señorita más bella o simpática del barrio de Cerritos empezaba justo una semana antes con la inscripción de las candidatas, las cuales tenían cinco días para vender votos y conquistar adeptos. La señorita que vendía más votos o juntaba más dinero era la vencedora. Así año con año, mientras la fábrica textil producía y la economía lo permitía, durante par de décadas se celebraban con mucho colorido, fervor y tradición las populares e inolvidables FIESTAS DE SAN JUAN BAUTISTA DE LOS CERRITOS.

Por: Mro. Justo Cesar Reynoso Limón
Invitado del SCM. Orizaba.