La puerta de la felicidad

Hands writing on old typewriter over wooden table background

René Cesa Cantón

La puerta de la felicidad se abre hacia fuera, de modo que sólo puede cerrarse saliendo de uno mismo

(Soren Kierkegaard)

Una puerta que se abra de par en par hacia fuera es más bien rara. Con sus dos hojas abiertas hacia delante, parece invitar más a entrar que a mantener protegidos a los habitantes de la casa de incursiones externas. La puerta de la felicidad se concibe así, como nos recuerda el filósofo danés del XIX Soren Kierkegaard, proponiendo un símbolo muy distinto de la actual puerta blindada, que se levanta un poco como la bandera de nuestro tiempo, tiempo de miedos y de sospechas. Los dos brazos de la columnata de Bernini, en la plaza de San Pedro, se abren para acoger a los peregrinos en la Basílica de San Pedro. Es el signo visible de una acogida, de un encuentro, de una espontánea sintonía de sentimientos.

Sin embargo, ahora se levantan los filtros de los controles de la policía. Sí, son necesarios, lo sabemos más que de sobra, pero son también la señal de una atmósfera distinta hecha de temores de atentados, de hostilidad, de enemistades. Y así, la serenidad alegre desaparece. Todo lo cual no vale sólo para la sociedad, vale también para nosotros mismos. Las casas de vecinos con sus puertas blindadas, encarnan un fracaso de la humanidad, que ya no se da la mano ante la sospecha de que la del otro esconda un arma. Son pequeños mundos hechos de soledades que sólo conviven en el espacio. De ahí la necesidad de un paciente trabajo de reconstrucción del encuentro, del diálogo, de salir al atrio y a la plaza para recuperar la capacidad de estar juntos, de hablar y escuchar, de mirarse a la cara y a los ojos y, quizá de amarse.