La confesión de fe

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P. René Cesa Cantón

Este pasaje ocupa un lugar central en el evangelio de Marcos, al que divide en dos partes. En la primera, Jesús intenta mantener su “secreto mesiánico”; en la segunda, lo revela y explica. En este momento crucial, los discípulos dan un primer testimonio: “Tú eres el Mesías”. En realidad, identifican a Jesús como el salvador esperado por los sectores populares nacionalistas. La confesión definitiva la hará el mismo Jesús cuando afirme delante del Consejo judío: “Yo soy el Mesías”. A partir de esta información se entiende el mesianismo de Jesús: Jesús predica, actúa y muere por el reino de Dios, que es el reino de justicia, de verdad y de vida; no es un Mesías político que intente reinar sobre las naciones o dominar a los pueblos. Lo confirmará el centurión al pie de la cruz: “Verdaderamente, este hombre era el Hijo de Dios”.

Jesús educa a sus discípulos en un doble sentido: por una parte, silenciar un mesianismo desvirtuado por los intereses políticos y por otra, aceptar una entrega de total servicio hasta la muerte. Jesús no es un rey poderoso, sino un servidor sufriente. Por lo demás, discípulo de Jesús no es quien se reduce a confesar verbalmente la fe a base de meras formulas. Dos son las condiciones esenciales para el discipulado: 1) renunciar a uno mismo (abandonarlo todo); y 2) cargar con la cruz, es decir, llevarla hasta el lugar del suplicio (humillación suprema). De este modo, los seguidores de Jesús participan en su misión siguiendo en pos de él.

La vida cristiana es participación en Cristo, que llega a la gloria mesiánica a través de la pasión y la muerte, consecuencia de su estilo de vida. El creyente debe vivir la paradoja cristiana: salvar la vida es perderla, y perderla por Cristo es salvarla.

Para reflexionar:

¿Conlleva un compromiso real nuestra confesión de fe?

En el fondo, ¿Quién es Jesús para nosotros?

Salmo responsorial 114

Caminaré en la presencia del señor.

Amo al Señor porque escucha

el clamor de mi plegaria,

porque me prestó atención

cuando mi voz lo llamaba.

Redes de angustia y de muerte

me alcanzaron y me ahogaban.

Entonces rogué al Señor

que la vida me salvara.

El Señor es bueno y justo,

nuestro Dios es compasivo.

A mí, débil, me salvó

y protege a los sencillos.

Mi alma libro de la muerte;

Del llanto los ojos míos,

y ha evitado que mis pies

tropiecen por el camino.

Caminaré ante el Señor

por la tierra de los vivos.

Oración sálmica

“Amo al Señor porque inclina su oído hacia mí”

Tú, a pesar de que habitas en el cielo, has bajado hasta mí y te has inclinado para oírme mejor. Este gesto tan sencillo y tan cercano me emociona. Tú no eres un dios lejano, altivo, indiferente. Te acercas a mí y te bajas como el padre sobre la cuna del niño que llora. Yo te amo, Señor, y te doy gracias por tanta solicitud, tanta cercanía, tanto amor.

Frase:

“Amar significa viajar correr hacia el objeto amado. Dice la Imitación de Cristo: el que ama, corre, vuela, goza. Así pues, amar a Dios es un viajar con el corazón hacia Él. Viaje bellísimo. Cuando era muchacho me entusiasmaban los viajes descritos por Julio Verne… Pero los viajes del amor de Dios son mucho más interesantes”.

(San Juan Pablo I)

Preguntas:

Cuando me encuentro solo, triste, apenado, ¿acudo a Dios para encontrar alivio, sosiego, paz? ¿Creo que Dios es mi descanso?

En mi grupo cristiano, en mi comunidad, se trabaja, se reflexiona, se reza. ¿Qué lugar ocupa la oración de acción de gracias? ¿Cuántas veces levantamos la copa para brindar por nuestro Dios?