Entregado a las llamas el templo del Señor

Hands writing on old typewriter over wooden table background

P. René Cesa Cantón

“Nabusardán, jefe de la guardia, funcionario del rey de Babilonia, incendió el templo del Señor, el palacio real y las casas de Jerusalén”. (2 Reyes 25,9)

“Como uno que a hachazos se abre paso por la maleza, arrancaron los relieves, los destrozaron con martillos y mazas, prendieron fuego a tu Santuario, derribaron y profanaron tu morada: proponían ¡a todo su linaje quemadlo; a todas las asambleas de Dios en el país! Ya no vemos estandartes nuestros, no nos queda ni un profeta, ni uno que sepa hasta cuándo. ¿Hasta cuándo, Dios mío nos va afrentar el enemigo? ¿no cesará de despreciar tu nombre el adversario? No olvides las voces de tus enemigos, el tumulto creciente de los rebeldes contra ti”. Así cantaba el orante del salmo 74 (vv. 6-10.23). De frente a aquel evento trágico que marcará indeleblemente la historia y el alma del pueblo hebreo y que se consumó cuando el comandante del ejército del rey de Babilonia Nabucodonosor, el general Nabusardán, dio órdenes a sus tropas de derribar e incendiar el templo y los barrios de Jerusalén, al final de un fuerte asedio.

Era el 9 del mes de Av. (julio- agosto) del año 586 a.C., una fecha que dará origen a una solemnidad dramática aun hoy celebrada en el calendario hebreo. Es la caída del reino de Judá, después que el otro, el reino de Samaria o de Israel, el final ya había llegado en el 722/721 a. C. con la intervención militar del rey asirio Sargón II durante el gobierno del último rey hebreo de nombre análogo a aquel de un famoso profeta, Oseas (2 Re 17). Sobre Jerusalén caerá el telón durante años; los hebreos se irán al exilio, llegando a aquellos “ríos de Babilonia” en cuyas riveras entonaran aquella emocionante elegía que es el salmo 137 herido también por la tonalidad de la dispersión y de la maldición: “Junto a los canales de Babilonia nos sentamos y lloramos con nostalgia de Sion; en los sauces de sus orillas colgamos nuestras cítaras. Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar, nuestros opresores a divertirlos: “Cantadnos un canto de Sion. ¡Como cantar un cantico del Señor en tierra extranjera!”.

Durante el crepúsculo del reino de Judá, confiado a soberanos ineptos, se había levantado alta y fuerte la voz del profeta Jeremías que invitaba a no dormirse en la ilusión de poder resistir a la potencia de Babilonia. Él ya intuía aquella disminución inexorable el signo del juicio divino sobre un pueblo que había traicionado sus ideales, abandonándose a la idolatría y a la inmoralidad. Al profeta la tradición atribuirá libremente también un librito de cantos amargos y dolorosos, las Lamentaciones, que frecuentemente escenifican la desolación seguida al derrumbe de la ciudad Santa.

Incluso el último rey de Judá, Sedecías, que había sido impuesto por Nabucodonosor y que, por tanto, era considerado un fantoche, se había dejado arrastrar por los nacionalistas hebreos en una vana y desesperada rebelión. Esta había convencido al soberano de Babilonia la adopción de la solución final. A Sedecías, después de la destrucción de la ciudad y la deportación de la ciudadanía, fue reservado a un juicio atroz y emblemático. Llegado a la llanura de Jericó mientras huía con sus tropas ya desbandadas, “Fue arrestado el rey y se lo llevaron al rey de Babilonia que estaba en Riba, y lo proceso. A los hijos de Sedecías los hizo ajusticiar ante su vista, a Sedecías lo cejo le checo cadenas de bronce y lo llevó a Babilonia” (2 Re 25,6-7).

Impresionante este juicio: la última imagen que habría quedado en aquellos ojos y, por eso, en la memoria debía estar la ejecución capital de sus hijos, un signo cruel de la supremacía del nuevo patrón del pueblo hebreo y de su miserable soberano. Como es conocido, siglos después, en el año 70 d. C., se repetirá para Jerusalén el mismo acontecimiento, esta vez bajo las armadas romanas guiadas por Tito, el futuro emperador. Nosotros, en cambio como señal de la primera destrucción del templo y de la Ciudad Santa, debemos recordar que, a distancia de pocos decenios, en la alternancia de los poderes humanos, el reino de Babilonia caerá bajo los golpes de un nuevo dominador. Será el persa Ciro que en el 538 a. C. con un edicto, permitirá a Israel regresar a la casa nacional abandonada y de edificar un nuevo templo que será consagrado en el año 515 a. C.