Dar sombra a las palabras

P. RENÉ CESA CANTÓN

Habla tú también, / habla el último, /di tu parecer. / Habla, pero sin separar el sí del no. / A tu parecer dale además sentido: /dale sombra. /Dale sombra suficiente, /dale mucha.

(Paul Celan)

Aunque – ¡lamentablemente! – seas de los que no gustan de la poesía, lee, por favor, esas líneas de un enorme y trágico poeta judío alemán, Paul Celan. Nacido en Rumanía en 1920, testigo del final de su familia en los campos de concentración nazis, se suicidó arrojándose al Sena, en París, en 1970. Habitualmente, sus valiosísimos versos son difíciles, pero esta vez su aviso es simple e incisivo. El poeta no contradice las palabras de Cristo sobre la sinceridad: “Que vuestro hablar sea “sí, cuando es sí, y no, cuando sea no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno” (Mt 5, 37). Él quiere atacar a quien pronuncia sentencias definitivas como si fuese el único intérprete autorizado de la verdad. Son personas a las que nunca frena una vacilación, que afirman “sin sombra de duda”.

Ahí apunta, precisamente, la imagen de Celan, a la sombra que, por el contrario, tendría que nimbar las palabras. Sólo así brotarían de los labios como de puntillas, con discreción y modestia. Más que marea vehemente e inalterable, son medidas y envueltas en la telilla del silencio porque son pesadas y pensadas. Son frases con espacios en blanco, que permiten la profundización y una vida sucesiva en quienes las escuchan, como sucede también con la poesía, que precisa de “puntos y aparte” para dejar un vacío que, en el alma del lector, llena el eco. Precisamente todo lo contrario de la cháchara, que no admite intervalo ni espacio o del griterío, que impide el diálogo. Un personaje de Pirandello decía en Cada cual a su manera (1924): “¡Cuánto daño nos hacemos por esa maldita necesidad de hablar!”.