Otra vez

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LABERINTOS Y SERPENTINAS

Christian García Muñoz

Jacinto Romero Flores fue asesinado la mañana del 19 de agosto. Volvió a pasar, pese a las promesas de justicia en los asesinatos anteriores; pese a que se han anunciado mecanismos de defensa de los periodistas; pese a que hay otra fuerza política en el gobierno. Volvió a pasar y un hecho tan ruin entristece y enoja.

Desde hace mucho tiempo trabajamos desprotegidos por las autoridades. Tal desprotección radica, en el mejor de los casos, en la falta de interés por procurar la seguridad de quienes ejercemos el periodismo. Y, en el peor de los casos, en el escenario más oscuro, está la desprotección debida a que ellos, quienes tienen el deber de cuidarnos, son quienes nos atacan en realidad.

Es absurdo que en un “país de libertades”, como nos han hecho creer, no haya garantías para ejercer la libertad de expresión sin consecuencias trágicas. Vivimos una libertad a medias, una libertad condicionada y ante eso, callar no es una opción, nunca lo ha sido. Ante la falta de acciones certeras para proteger a los periodistas, nos queda gritar fuerte: a través de nuestras notas, de nuestros textos, de nuestras fotografías, de nuestras coberturas…

La exigencia de justicia ya no es sólo un grito de guerra, es un reclamo que se ha convertido en súplica desde hace más de una década en el estado de Veracruz. En este territorio la muerte llegó para quedarse, la dejaron pasar en el momento en que les abrieron la puerta a grupos criminales.

Durante los últimos sexenios estatales, la cifra de periodistas muertos es escandalosa, principalmente en el Duartismo, donde se contabilizan oficialmente 19 asesinados y tres desaparecidos. Jacinto Romero es el cuarto periodista asesinado en lo que va del mandato de Cuitláhuac García y el modo de manejar tales hechos, desafortunadamente, es similar al que, en su momento, ejecutaba Javier Duarte y sus funcionarios: de inicio, el operativo inmediato, las declaraciones oficiales (muy frías y cuidadas) y la consigna de que se investigará el hecho hasta las últimas consecuencias. Después vendrían las diferentes líneas de investigación, en algunas de las cuales intentan manchar la labor periodística de la víctima; luego, quizás, algún detenido para apaciguar las aguas o, como sucede en muchos casos, el olvido y con ello la impunidad.

¿Se acuerdan de esa famosa frase de Duarte? “Pórtense bien, todos sabemos quiénes andan en malos pasos (…) Vamos a sacudir el árbol y se van a caer muchas manzanas podridas”. Advertencia que lanzó para deslindarse de los posibles crímenes o acusaciones en contra de comunicadores, cuando en realidad el más podrido era él. Veremos cómo resuelven el crimen de Jacinto Romero las autoridades actuales, pero parece que las cosas no han cambiado mucho

Exigimos lo que se ha exigido incansablemente: respeto a la labor de informar y seguridad para ejercer la libertad de expresión. Acciones que nos permitan dignificar el oficio, porque ante todo el periodismo es un oficio que requiere vocación y sensibilidad, pero también, desde hace varios años, requiere seguridad.

Otra vez un periodista asesinado. Otra vez rabia. Otra vez el miedo que se convierte en indignación. Otra vez operativos infructuosos. Otra vez intentan callar a quienes informan, pero también, otra vez, no podrán callar al gremio periodístico.

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