Columna: CUBREBOCAS Y DESNUDEZ DE LA MIRADA

Adán Cabral Sanguino

En estos tiempos de pandemia en los que, quienes le tenemos respeto al COVID-19 y nos seguimos cuidando por conciencia social y para preservar nuestra salud, estamos ya tan acostumbrados al tapaboca o cubrebocas –vocablo aceptado por la Real Academia Española, a pesar de que sólo tenemos una boca-, que hemos desarrollado una semiótica coloquial respecto a las connotaciones de la mirada.

Sin duda, en el universo del lenguaje corporal, la mirada está íntimamente relacionada con el pensamiento y, por ende, con nuestros estados de ánimo, lo cual ha sido ampliamente estudiado por la psicología. Mirar (del latín «mirāri», admirarse) se identifica tradicionalmente con conocer, comprender, de ahí la trascendencia del «ojo divino», pero también poseer, de acuerdo con el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot.

Hago un paréntesis para resaltar que, además del uso adecuado del tapabocas, cuidando que se ajuste por completo desde el puente de la nariz hasta la barbilla, debemos informarnos acerca de cómo disminuir los posibles efectos secundarios por el uso prolongado del barbijo, dependiendo de cada persona, tales como sudoración y exceso de humedad; alergias en la piel; acné; lesiones cutáneas; problemas de respiración o aire entre los ojos. Y no olvidemos que su utilización tampoco debe hacernos sentir tan seguros al grado de relajarnos demasiado respecto a las otras medidas preventivas recomendadas, aunque estemos vacunados. Hay quienes me preguntan que si no se me dificulta respirar trayendo el “bozal” todo el día. Y les contesto: “No, y se respira mejor que con un tanque de oxígeno en una sala de cuidados intensivos”.

Mención aparte merece la contaminación del medio ambiente por materiales desechables de protección frente al coronavirus, la cual requiere la pronta intervención de las autoridades y mayor difusión acerca de la efectividad del uso de mascarillas reutilizables.

Pero volviendo al mundo enmascarado de quienes pretendemos sobrevivir a esta pandemia, en la actual, y surrealista, contingencia sanitaria, la mascarilla, el distanciamiento social y la abstención del apretón de manos constituyen cambios que comienzan a introducir modificaciones afectivas y simbólicas en los modos de convivencia, para los cuales no estábamos preparados. Uno de ellos es el contacto visual detrás de un cubrebocas.

Al respecto, el psicólogo clínico Luis Gonçalvez Boggio (2020) afirma que ocultar parte del rostro puede tener también rasgos positivos como representar una fuente de seducción y/o de curiosidad por descubrir qué hay detrás de esa máscara. Pensemos en los antifaces de carnaval, muy diferentes al niqab o velo islámico que cubre completamente el cuerpo y la cabeza de las mujeres musulmanas, dejando apenas al descubierto los ojos como símbolo de modestia y privacidad.

En la era del coronavirus, cuando estamos interactuando con cubrebocas, parte de nuestra expresión corporal del rostro se pierde, lo que intensifica la calidad del contacto de la mirada, la inclinación de cabeza, el flash de las cejas, las arrugas en la frente (significativas o por riesgo cardiovascular), entre otras microexpresiones faciales. El encuentro con los ojos del otro está cargado de significaciones; la vista agudiza toda su capacidad de observación para decodificar señales de seguridad, a fin de poder interrelacionar amablemente con los demás, mediante un mecanismo compensatorio –ese que ocurre en casos extremos, como cuando se pierde el uso de un sentido y se fortalecen los restantes- que se complementa con los significados que nos brinda la voz opaca de nuestro interlocutor detrás de una mascarilla.

Lo mismo sucede en los hospitales, en los que el uso efectivo de las señales visuales militares modificadas, en momentos quirúrgicos, ha sido eficaz para la atención de pacientes contagiados por el SARS-CoV-2. Mucha razón tienen al decepcionarse los médicos cuando miran, agotados, tras sus cubrebocas KN95 y gafas de seguridad, la insensatez de quienes deambulan por las calles haciendo caso omiso a las medidas sanitarias.

Y, por cierto, algunos galenos consideran que, probablemente, el uso de tapabocas no se prolongue más allá de la vacunación. Sin embargo, algunos científicos ya advierten que habría que pensar en este accesorio como de uso permanente, lo cual planteará nuevos dilemas, entre ellos, verlo como un símbolo de identidad subordinado al discreto encanto de la mirada.