Columna: HÉCTOR EFRAÍN ORTEGA CASTILLO

Mentiras históricas

Atribúyese a Joseph Goebbels, el afamado Ministro de Propaganda Nazi (y miren ustedes que fuera de algunas personas preparadas en el terreno de la comunicación, no se sabe de otro publicista o propagandista más famoso que ese), la siguiente frase: “Repetir una mentira mil veces la convierte en verdad”. Un axioma tan evidente (con perdón del pleonasmo), que más de uno lo conoce. Eso sí: muchos se lo atribuyen a Adolf Hitler, pero para el caso es casi lo mismo.

Lamentablemente, la mente humana es hoy muchísimo más frágil que en los años de 1930-1940’s. Y a veces no son necesarias las 1,000 veces, sino bastante menos: quizás unas tres o cuatro… o ni eso: con que aparezca en las redes sociales y estemos reenviándolo una y más veces, la mentira ya se vuelve verdad incuestionable.

Por lo general cuando se trata de asuntos recientes o de plano, sucesos de la actualidad, suelen llamarse “fake news”, cuyo equivalente en español es bulo, camelo, paparrucha, embuste o trola; escoja el que más le agrade. Regularmente, son argumentos verosímiles; es decir, que pese a que no dicen la verdad, entran dentro de cierta lógica y de credibilidad. La finalidad de las fake news es la desinformación. Nuestro mundo parece “Un mundo feliz” de Aldous Huxley: nos dan tantísima información, tanta, tanta, que acabamos desinformados al no poder seleccionar adecuadamente qué es real y qué no.

Esto también hácese presente en la manipulación de la Historia. Sea nacional, internacional, local o regional, cuando se le mete mano a esta disciplina desde lo alto de las esferas del poder, finalmente se acaba manipulando la mente del colectivo; porque a final de cuentas, todo es política

Historia que, como en el caso mexicano (y no es el único, por supuesto), se encuentra pletórica de libertades literarias y de mitos que no han hecho sino dañar la objetividad de su estudio. Al final del día, acabamos por separar a sus personajes en los buenos (los que después de sufrir, acaban ganando) y los malos (los que intentaron destruir al país/estado/ciudad y no pudieron, porque la Verdad acabó prevaleciendo). Así, es como si acabáramos viendo una telenovela en que al final, esperamos que el villano reciba su merecido y los buenos acaben triunfantes.

Ejemplos hay por montones. En todo el país y hasta en nuestra ciudad, donde se insiste con tozudez que el célebre Gustave Eiffel diseñó el Palacio de Hierro, joya de nuestra Pluviosilla; situación que ha sido desmentida por todos los historiadores que han abarcado el tema del palacio en algún momento: José María Naredo, Enrique García Vera, Aurelio Ortega Castañeda, Dante Octavio Hernández Guzmán, Bernardo García Díaz, José Romero Güereña y Armando López Macip. Ninguno de ellos lo menciona. Y quienes lo admiten, no muestran sus fuentes.

El Estado es quien posee el monopolio de la historia. Ello, pese a que existen multitud de investigadores independientes y asociaciones y academias que afánanse en divulgar la verdad (ojo: la verdad no solo es subjetiva, sino que depende de los alcances que otorguen las fuentes con que se cuenta). Al final, se les dictamina ser “una opinión” más.

Y es que, finalmente, la Historia no deja de ser una herramienta de poder.

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