Mi gran humildad

Hands writing on old typewriter over wooden table background

RENÉ CESA CANTÓN

“Quien presume de sí mismo no verá jamás la luz, quien se aprueba a sí mismo no será considerado, quien se alaba a sí mismo no tendrá valor, quien se glorifica a sí mismo no será glorificado”.

(Lao-Tsé)

Hoy nos encontramos con una civilización que prepotentemente se ha asomado a occidente, la civilización china. Ponemos en escena un personaje un poco real (vivió en torno al VI-V siglo antes de Cristo) y un poco mítico, el pensador Lao-Tsé con su Regla celeste. La suya es una calmada pero severa sacudida sobre la vanagloria, una variante ridícula del vicio capital de la soberbia. El aspecto más patético de la vanidad es precisamente el riesgo de caer, sin darse cuenta, en lo cómico y lo caricaturesco. Los vanidosos ensanchan la rueda de su orgullo como pavorreales.

Todos hemos encontrado en la vida hombres y mujeres, inclusive inteligentes en otras áreas, que no pueden resistir a este vicio. Si tú no lo haces, deciden celebrarse ellos mismos con estilo embarazoso que no advierten, y siguen adelante dando vueltas a la manivela del autoelogio sin ruborizarse. Los verbos usados por Lao-Tsé son significativos: ponerse en el aparador, aprobarse a sí mismo, alabarse, gloriarse. Allí se encuentra toda la historia de políticos, catedráticos, generales, líderes, poderosos y, si fuera poco, de eclesiásticos. Pero en este punto ¡atención!: como nos amonesta “La Rochefoucauld”, “lo que hace insoportable la vanidad de los demás es que ofende la nuestra”. El viejo Rabino se estaba muriendo –cuenta un apólogo judío– y todos hablaban de sus virtudes y méritos. Al final la esposa vio que se agitaba. Acercó su oído a sus labios y oyó: “Ninguno ha alabado mi gran humildad”.