El hambre de los pobres

Hands writing on old typewriter over wooden table background

René Cesa Cantón

La multiplicación de los panes, mencionada seis veces por los cuatro evangelios (caso único), constituye un signo que se debe interpretar en clave social y eucarística. En primer lugar, Jesús alimenta a una muchedumbre hambrienta. Tan necesario como alimentarse es dar de comer a los demás, sobre todo a los pobres; es un imperativo evangélico. 1) Sin reparto de comida y bebida (signos naturales del trabajo creador del hombre) no hay eucaristía. 2) La eucaristía es ágape fraterno que presencializa la caridad de Cristo, totalmente entregado en persona. Antes de multiplicar el pan, Jesús hace cinco gestos de tradición eucarística, narrados por los sinópticos: toma los panes, alza la mirada al cielo, los bendice, los parte y los reparte.

El diálogo del episodio evangélico, precedido de un malentendido, es semejante a los que tuvo Jesús con Nicodemo (nuevo nacimiento), con la samaritana (agua que da vida) y con las hermanas de Lázaro (resurrección de la carne). En este evangelio se observan dos afirmaciones fundamentales: 1) petición de pan por parte del pueblo (los pobres quieren saciarse, y tienen derecho a ello); 2) identificación del pan con la persona de Cristo, en perspectiva sacramental (la eucaristía exige el reparto del pan, porque es comunión –en comunidad- del cuerpo de Cristo).

El gesto cristiano por antonomasia es un banquete compartido; lo peculiar de los creyentes no es, pues, el ayuno, sino la comida de los pobres. Jesús comparó el reino de los cielos a un banquete de bodas en el que la comida es abundante, exquisita y gratis. En la Iglesia primitiva, los cristianos celebran la eucaristía precedida de una comida. Al desaparecer el ágape natural –en el fondo, porque comprometía demasiado-, se ritualizó la eucaristía. Hay que volver a la doble y única mesa: la del poder y la del Señor, que son una plasmación del mandamiento de la caridad.

Para reflexionar

¿Unimos la eucaristía a la justicia social?

¿Son nuestras eucaristías ágapes fraternos?

Salmo responsorial 144

Bendeciré al Señor eternamente.

Que te alaben, Señor,

todas tus obras

y que todos tus fieles

te bendigan.

Que proclamen la gloria

de tu reino

y den a conocer

tus maravillas.

A ti, Señor,

sus ojos vuelven todos

y tú los alimentas

a su tiempo.

Abres, Señor,

tus manos generosas

y cuantos viven

quedan satisfechos.

Siempre es justo el Señor en sus designios

y están llenas de amor todas sus obras.

No está lejos de aquellos que lo buscan;

Muy cerca está el Señor, de quien lo invoca.

Oraciones sálmicas

“Una generación pondera sus obras a la otra”

Tu pueblo, Señor, siempre ha tenido buena memoria. Ha sabido recoger la fe de sus mayores y la he trasmitido a sus hijos y nietos. Israel ha contado a las futuras generaciones las hazañas de su Dios. En Israel, la fe no se ha quedado encerrada bajo llave ni se ha envejecido en un depósito. La fe no ha dejado de fluir en el río de su historia. Hoy día, Señor, los padres cristianos ya no transmiten la fe a sus hijos. En las casas ya no se respira un ambiente religioso y la vida de fe se va haciendo cada día más difícil. Haz, Señor, que crezcan en nuestras parroquias, familias auténticamente cristianas, que sepan transmitir la fe a sus hijos por ósmosis, por contagio.

“El Señor es fiel

a sus palabras”

En nuestro mundo cada día son más raras las personas que mantienen la palabra dada. Abundan los mentirosos, los estafadores, los que cambian fácilmente de opinión. Tú, Señor, siempre has sido fiel a tus promesas. Siempre fuiste fiel a la Alianza, a pesar de que los hombres la quebrantaran muchas veces. Yo, Señor, quiero serte fiel hasta la muerte. Una vez que he puesto la mano en el arado ya no quiero volver la vista atrás.

“Pronuncie mi boca

la alabanza…

por siempre jamás”

Señor, los salmistas gozaban alabándote. Vivian para alabarte. No les importaba la muerte; lo que sentían era el no poder alabarte después de morir. Si los salmistas hubieran vivido después de tu muerte y Resurrección y hubieran sabido que la alabanza podía continuar después de la muerte, se hubieran vuelto locos de contentos. Haz que yo descubra en la alabanza la fuente de la felicidad. Que mi alma se llene de satisfacción al saber que en el cielo mi alabanza perdurará para siempre.