La solicitud de Jesús

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P. René Cesa Cantón

Jesús se preocupa al mismo tiempo de los “apóstoles” y de la “muchedumbre”. Por una parte, los discípulos tienen necesidad de retirarse de una vez en cuando a un “lugar desierto y apartado”: su actividad les agobia y puede hasta desbordarlos; Jesús les invita a descansar, para recuperar precisamente el sentido de la misión. Por otra parte, la muchedumbre es digna de “lastima”, porque no están a su cargo buenos servidores ni tienen los pobres que comer. Jesús les multiplicará el pan y será el supremo servidor. Y el pueblo, naturalmente, sabe “reconocer” a sus propios pastores, es decir, a los que tienen gestos reales de justicia y pronuncian palabras proféticas de verdad.

El compromiso precede a la palabra, y la vida cristiana está antes que la reflexión. Pero la enseñanza cristiana del evangelio va ligada a la acción en función de las necesidades del pueblo; el Evangelio no es para unos cuantos privilegiados, sino para todos. Sin embargo, el pueblo siempre está abandonado a su suerte, y en tiempos de Jesús se encontraba despojado de sus propias tierras, alejado del pueblo y de la sinagoga por impuro, despreciado por sus propios jefes por ignorante, y desorientado por los falsos mesías.

La tarea pastoral es evidente: hacer que el pueblo sea pueblo de Dios en estado de comunidad. De ordinario, el pueblo está sin organizar, escaso de recursos, aquejado de padecimientos indebidos y manipulado por los que se consideran sus servidores, pero que, de hecho, actúan como amos. A la inculturación popular del mensaje se une la encarnación de los apósteles en el seno del mismo pueblo. Una Iglesia que no es del pueblo no es verdadera Iglesia.

Para reflexionar:

¿Es nuestra Iglesia una Iglesia del pueblo?

¿Están nuestros pastores al servicio del pueblo?

Salmo responsorial 23

El Señor es mi pastor, nada me faltará.

El señor es mi pastor, nada me falta;

en verdes praderas me hace reposar

y hacia fuentes tranquilas me conduce

para reparar mis fuerzas.

Por ser un Dios fiel a sus promesas,

me guía por el sendero recto;

así, aunque camine por cañadas oscuras,

nada temo, porque tú estás conmigo.

Tu vara y tu cayado me dan seguridad.

Tú mismo me preparas la mesa,

a despecho de mis adversarios;

me unges la cabeza con perfume

y llenas mi copa hasta los bordes.

Tu bondad y tu misericordia me acompañarán

todos los días de mi vida;

y viviré en la casa del Señor

por años sin término.

Oraciones sálmicas

“El Señor es mi pastor, nada me faltara”

Señor, hoy quiero rezar sin prisas, sin horarios, sin sobre saltos ni preocupaciones. Hoy quiero gozar de tu presencia como goza la oveja en el prado bajo la mirada cariñosa del pastor. Y quiero sentir la grata experiencia de que, estando contigo, lo tengo todo. De que, estando a tu lado, no necesito de nada. Tu sólo me bastas.

“Me conduce hacia fuentes tranquilas”

Por el hecho de ser persona tengo sed. Tengo mucha sed. Sed de libertad, de ternura, de felicidad. A veces esta sed me atormenta y me lanza hasta el mismo umbral  de la muerte; me muero de sed. Muchas veces me he ido a saciar mi sed en las aguas torrenciales y turbulentas del mundo y, en vez de quitarme la sed, me la han hecho más ardiente, más abrasadora. Señor, Tú sólo puedes calmar mi sed. Tú sólo puedes darme un agua vivía que salta hasta la vida eterna. Dame siempre de esta agua.

“Aunque pase por cañadas oscuras,

nada temo porque tú vas conmigo”

Señor, hay muchos momentos en mi vida en que tengo miedo: miedo a todos los demás, miedo a mí mismo, miedo al futuro. Miedo a morir. Sí, tengo miedo a pasar “por esa cañada oscura de la muerte”. Pero hoy he descubierto que tú quitas todos los miedos, incluso el miedo a la muerte. Tú siempre nos acompañas como buen pastor. Nunca nos dejas solos. Gracias por la calma y la paz que pones en mi corazón. Gracias por la alegría que me haces sentir por dentro. Gracias porque eres mi sosiego y mi descanso.