Como animales…

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Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Unos mil niños murieron de hambre, hace unos 70-80 años en Canadá. Esto es increíble, atroz, espeluznante. Y peor, si puede haber calificativos más fuertes, es que hayan fallecido no solo por no contar con los alimentos necesarios que debieron ser suministrados por el gobierno, sino porque hayan sido víctimas de mentes enfermas y políticos negligentes y perversos que diseñaron y patrocinaron un inmoral experimento para ver qué sucedía si a estos infantes se les privaba de leche, vitaminas, proteínas, minerales y las calorías indispensables para vivir. Y peor si nos enteramos que eran niños indígenas, nativos de las comunidades de Kamloops, Brandon y Cowessess, en Canadá, cuyos restos han estado siendo hallados en cementerios clandestinos. Y peor, que estos niños estaban recluidos, muchas veces raptados de sus hogares, en las llamadas Escuelas Residenciales Indígenas, patrocinadas por el propio gobierno. Y, aún peor, si esto es posible, que esto haya sucedido apenas en la segunda mitad del siglo pasado, tiempo lejano pero no tan remoto que no permita que algunos sobrevivientes aún sigan padeciendo los efectos de tan atroz práctica.

“Como investigadora especializada en nutrición y colona-canadiense, hago un llamado a mis colegas para que reconozcan y comprendan los daños que han causado los experimentos de desnutrición y nutrición en los pueblos indígenas y el legado que han dejado” dice en un sentido artículo Allison Daniel, candidata a un doctorado en Ciencias Nutricionales de la Universidad de Toronto, publicado originalmente en The Conversation y reproducido por BBC News/Mundo (https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-57694677/02/07/2021).

Estos experimentos, realizados entre 1942 y 1952, fueron denunciados en 2013 por Ian Mosby, historiador de la alimentación, salud indígena y política del colonialismo de los colonos canadienses, quien descubrió que “los científicos en nutrición más prominentes de Canadá llevaron a cabo investigaciones muy poco éticas en 1.300 indígenas, incluidos 1.000 niños, en comunidades cree en el norte de Manitoba y en seis escuelas residenciales en Canadá”. Estos “científicos prominentes” fueron “Frederick Tisdall, famoso por ser cocreador de la comida infantil Pablum en el Hospital para Niños Enfermos de Toronto, junto con Percy Moore y Lionel Bradley Pett, quienes aseguraban que  ‘la educación y las intervenciones en la dieta harían que los pueblos indígenas fueran activos más rentables para Canadá, que si los pueblos indígenas fueran más sanos, la transmisión de enfermedades como la tuberculosis a los blancos disminuiría y la asimilación sería más fácil’”.

Los resultados están a la vista, y los canadienses que tienen sentido ético están horrorizados por los hallazgos de esos cementerios clandestinos en donde fueron sepultados unos mil niños, inocentes víctimas de mentes criminales que, utilizando la ciencia como pretexto y herramienta, causan tantos daños a la humanidad.

Fueron cientos, pero si bien el número hace más impactante el hecho, con que hubieran sido unos pocos o siquiera uno de ellos quien hubiera sido sacrificado en aras de una mentalidad perversa, bastaría para alertar de lo que puede suceder y sucede cuando la ciencia es utilizada por individuos (“científicos” y políticos) que carecen del más elemental sentido ético. Las víctimas pueden ser personas de cualquier edad, de cualquier sexo, de cualquier clase social, de cualquier grupo étnico. Eso no es lo importante para ser deleznable lo que se hizo y se hace con ellos, aunque, desde luego, el hecho se agrava por las circunstancias de ser niños, pobres, indígenas, enfermos, y por los actores: “científicos” y políticos cuyos intereses y ambiciones rebasan los límites de lo creíble y tolerable

No tiene que ser una multitud de afectados o de quienes son solidarios con estos para que se muestre en su magnitud una tragedia de esta índole. Y no vale que sean científicos del pasado o de un país ajeno para alarmarse poco por lo sucedido. Muchas veces acontece que estas aberraciones se justifiquen por mentes megalómanas que tienen sueños de grandeza y sufren pesadillas de atentados, complots, conspiraciones, golpes de estado, peligro de contagio, etc.

Los niños, indefensos, sufren las consecuencias de los adultos que, por convicción, por moda, por razones “estéticas”, políticas, religiosas, etc., los privan de cuidados, de medicinas, de vacunas o de una alimentación integral, saludable.

Sucede con ciertas creencias religiosas, políticas y hasta con las aficiones deportivas o artísticas. Cualquier adulto puede estar convencido de que medicarse, vacunarse, etc. es ir contra natura o contra designios divinos, o de que determinados alimentos son impuros, tóxicos; de que consumir equis producto es contribuir al deterioro de la naturaleza o de que con ello se favorece el maltrato animal (y, ahora, hasta vegetal), etc., etc. Esto es asunto de cada uno y su criterio. Pero los niños no tienen por qué padecer nuestras filias y fobias. Su persona debe ser respetada y su educación debe estar orientada a su protección y guiada por la justa razón.

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