Las dificultades para creer

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René Cesa Cantón

El concilio afirmó que “la negación de Dios o de la religión no constituye, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día, en efecto, se presentan no raras veces como exigencia del progreso científico y de un cierto humanismo nuevo” (GS 7). En realidad, más que oposición a la fe, se manifiesta en ciertos ambientes un desafecto; en lugar de ateísmo o agnosticismo, se extiende una cierta increencia. En otros ámbitos donde predomina la religiosidad popular, la fe se mezcla con elementos mágicos no cristianos; se produce entonces un sincretismo en las creencias. No se atisba suficientemente al Dios de Jesús, ni a Jesús el Cristo, ni al Evangelio del Señor.

Sus paisanos no sólo “desconfían” de Jesús, sino que se mofan de él denominándole, en tono despectivo, “el hijo de María”, sin paternidad conocida. Lo toman por un ser insignificante, sin pasado ni futuro. Sencillamente, se muestran “faltos de fe”. No creen ni en la “sabiduría” de Jesús ni en sus “obras”. Están decepcionados de su “enseñanza”, pues no es Jesús el líder nacionalista capaz de arrojar a los romanos para implantar el reino de Israel. La imagen de Jesús no encaja en los esquemas preconcebidos de los “judíos”.

Las actitudes frente al hecho religioso cristiano y la vida evangélica de los creyentes son a veces semejantes a las actitudes negativas de los compatriotas de Jesús. La fe se considera una neurosis, el seguimiento de Cristo es cosa de alienados, y la sabiduría evangélica equivale a pura necedad. Algunos desean un Dios controlable; admiten sólo la imagen que se han hecho de Dios, pero no a Dios. Otros se aferran a un cristianismo basado únicamente en los milagros.

Reconocen a Jesús los que escuchan sus palabras y las ponen en práctica. Para estos últimos es necesario ir al “pueblo”, defender como “profetas” la vida más amenazada y soportar pacientemente posibles “desprecios. La salvación no viene del dinero, el poder y las armas, sino de la “sabiduría” evangélica del padre de Yavé.

Para reflexionar:

¿Somos personas de fe?

¿Qué valor real damos a la vida cristiana?

Salmo responsorial 122

Ten piedad de nosotros, ten piedad.

En ti, Señor, que habitas en lo alto,

fijos los ojos tengo,

como fijan sus ojos en las manos

de su señor, los siervos.

Así como la esclava en su señora

tiene fijos los ojos,

fijos en el Señor están los nuestros,

hasta que Dios se apiade de nosotros.

Ten piedad de nosotros, ten piedad,

porque estamos, Señor, hartos de injurias;

saturados estamos de desprecios,

de insolencias y burlas.

Oraciones sálmicas

“A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo”

Señor, mis ojos están demasiado inclinados a la tierra. Casi siempre miran las cosas materiales de aquí abajo: los intereses y preocupaciones de esta vida; sus afanes, sus inquietudes, sus deseos, sus ilusiones. Si me quedo con esta mirada rastrera y superficial me quedo mal por dentro. Por eso necesito levantar mi mirada por encima de las casas y los rascacielos; por encima de las montañas y las nubes. Necesito elevar mi mirada hacia el cielo donde estás tú. Allí es donde mi mirada se serena y mis ojos se llenan de paz.

No quiero, Señor, mirar el cielo despreciando la tierra, sino que busco levantar la tierra hasta el cielo con mi mirada. Esta tierra que tú has creado necesita de tu presencia para poder subsistir.

“Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, así están nuestros ojos en el Señor”

Señor, en este salmo, los ojos de los esclavos no están reñidos con las manos de los señores. Hay entre ellos un diálogo, una comunicación, un juego armonioso. Las manos comienzan a moverse tan pronto como los esclavos han puesto en ellas sus ojos.

Así ocurre contigo, Señor. Entre el cielo y la tierra no existe un muro que nos separa sino un puente de amor que nos une. Haz que yo suba hacia ti no con mirada del cuerpo sino con la mirada del corazón. Pon mi pequeño y frío corazón de hijo en tus manos anchas y calientes de Padre. Y allí lléname de tu paz, de tu amor, de tu felicidad.