Llegar a los juzgados

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Marcela Prado Revuelta

Realicé mi Servicio Social, para obtener el título de Licenciada en Derecho, en la Procuraduría General del Estado de Veracruz, hace mil años y realicé mi Tesis Profesional con un “Breve ensayo sociológico sobre el homicidio”, para lo cual entrevisté a todos los homicidas reclusos en todo el Estado de Veracruz. Aún siento aquel temor de confrontar a quienes habían quitado una vida. (La Sociología, gracias a mis Maestros de la Facultad de Filosofía, es una materia que siempre me ha fascinado: el estudio de la sociedad, de nosotros mismos).

En la Procuraduría, (donde era más o menos el ayudante del ayudante del gato de angora o algo parecido), aprendí, sobre todo, a escuchar. Y recuerdo los ojos de aquellos hombres y mujeres que me tocó atender. Había miedo en aquellos ojos. Temor “a la autoridad”, temor a las consecuencias. Pánico de acercarse a un escritorio…

Para el pueblo “feliz, feliz, feliz”, acercarse a un escritorio en un Juzgado, es una prueba mortal. Desde que llegan se siente culpables. No lo son, pero se sienten. Sienten temor de la secretaria malencarada o del auxiliar de mal humor. Llevan en la bolsa los pocos pesos de que disponen, porque les han dicho que hay que dar “una corta”, o larga, según el sapo es la pedrada. Eso sienten. Ustedes lo saben…

Y tengo a la vista la Ley 583, Orgánica del Poder Judicial del Estado de Veracruz, (agosto del 2015, si es que no la cambiaron esta semana), con sus Seis Títulos, sus 224 artículos y 7 transitorios, en 68 largas páginas que releí hasta que me dolió la cabeza y el corazón.

Es casuística, como toda Ley que se respete. Lo cual, naturalmente, la hace casi incomprensible para “el pueblo feliz” y sólo los Licenciados en Derecho pueden interpretarla correctamente. También los “coyotes”, pero es otra historia.

En comenzando, que es gerundio, a partir del Tribunal Superior de Justicia, Tribunal de lo Contencioso Administrativo, Tribunal de Conciliación y Arbitraje, nos seguimos con los de Primera Instancia, los de Materia Familia, los de Procesos y Procedimientos penales orales, los especializados en adolescentes, Juzgados Menores, Juzgados Municipales, Juzgados de Comunidad y “XI.- Los demás especializados, cuya competencia determine el Consejo de la Judicatura, en atención a las necesidades del servicio y a la disponibilidad presupuesto”…

Ya que había logrado entender, otra vez, estas cuestiones, me tropiezo con el Título Sexto, Capítulo Uno, en que se determina que el territorio del Estado se divide en 21 Distritos Judiciales que, por supuesto, no incluyo aquí, porque usted seguramente también tiene a la vista la Ley a que me refiero y si no la tiene, más le vale adquirirla rapidito, antes de que cierren otros juzgados en que, acaso, usted tiene algún pendiente. 

O cambien de nuevo la Ley o cierren otros Juzgados o cosas parecidas.

El cierre de indeterminado número de Juzgados implica, para cientos de ciudadanos, “la muerte con calcetines amarillos”.

Ubicar en dónde y en cual Juzgado se radicará el expediente en que son parte. A qué distancia le queda del pueblo, ciudad, ranchería, hacienda, etcétera. A qué distancia. ¿Quiénes serán los que atiendan su asunto, en caso de que encuentren el Expediente?. ¿No estará Fulanita, aquella secre buena onda que ya era amiguita y les explicaba las cosas, quien estará en su escritorio para darles una manita?. ¿Cómo se llama el nuevo Juez que atenderá sus asuntos?… ¿Estará mucho más ocupado y le caen encima sopetecientas cajas de expedientes nuevos de lo que, por supuesto, no tiene la menor idea porque no los ha leído, porque no le tocaba?…

La Justicia, pese a todo, no es “expedita”. Será menos expedita con el cierre de no se cuántos Juzgados. No quiero pensar en el cúmulo de trabajo de los que recibirán los Expedientes y no quiero pensar en la falta de trabajo de quienes fueron despedidos de los Juzgados cerrados. Ya no quiero pensar. Duele.

No creo que el pueblo esté feliz. Yo soy pueblo. No estoy feliz.