El Señor de la vida

Hands writing on old typewriter over wooden table background

P. René Cesa Cantón

Es lógico que el pueblo enfermo y dolorido se dirija a Dios pidiéndole la salud propia o la de sus hijos. Así lo hicieron las gentes con Jesús, según narra el evangelio. Por ser dirigidas a Dios, se justifican las oraciones de los fieles, que son preces de petición expresadas después de las lecturas y de la profesión de fe. Naturalmente, queda para el final la plegaria de acción de gracias u oración eucarística.

Cuando una persona es buena de verdad y tiene Espíritu de Dios, brota vida de su interior. La fe es dinamismo vital. Sin fe no hay curación; habría magia. Las curaciones de Jesús son reveladas a sus discípulos como muestras de la acción de Dios, que no discrimina a quien le pide, pero que da la salud a quien lo hace con fe, con confianza en la voluntad de Dios.

La mujer curada se va “en paz”, con la plenitud interior y exterior de deseos de vida plena y compartida; la niña “se puso en pie y echó a andar”, que equivale a resucitar a una nueva vida, vida de conversión.

Para reflexionar:

¿Qué tipo de peticiones le hacemos a Dios y en qué momentos?

Salmo responsorial 29

Te alabaré, Señor, eternamente.

Te alabaré, Señor, pues no dejaste

que se rieran de mí mis enemigos.

Tú, Señor, me salvaste de la muerte

y a punto de morir, me reviviste.

Alaben al Señor quienes lo aman,

den gracias a su nombre,

porque su ira dura un solo instante

y su bondad, toda la vida.

El llanto nos visita por la tarde;

por la mañana, el júbilo.

Escúchame, Señor, y compadécete;

Señor, ven en mi ayuda.

Convertiste mi duelo en alegría,

Te alabaré por eso eternamente.

Oraciones sálmicas

“Yo pensaba muy seguro: no vacilaré jamás”

Señor, cuántas veces yo también me he sentido seguro de mí mismo, de mis propias fuerzas; y, como el salmista, he pensado que no pecaría más. La experiencia me dice que sólo cuando pierdo todas mis seguridades y me apoyo totalmente en ti, estoy seguro.

No quiero tener la seguridad de Pedro que decía: “Aunque todos te abandonen, yo no”. Pero sí quiero tener la seguridad de Pablo que afirmaba: “Todo lo puedo en Aquél que me da fuerzas”.

Señor, que aprenda a desconfiar de mí mismo y a confiar sólo en ti.

“Escondiste tu rostro y quedé desconcertado”

Ver tu rostro, sentir tu cercanía, gozar de tu presencia… ésa ha sido la ilusión de los santos, tus amigos. Por eso, cuando tú te ausentas de ellos los dejas desconcertados. Así se expresa San Juan de la Cruz:

¿A dónde te escondiste, Amado,

y me dejaste con gemido?

Como ciervo huiste habiéndome herido.

Salí tras ti clamando y ya eras ido.

Haz, Señor, que mis penas coincidan con tu ausencia y mis gozos con tu presencia. Haz que mi verdadera muerte sea el estar lejos de ti y estar cerca la verdadera vida.

“Te daré gracias por siempre”

Dame, Señor, constancia y equilibrio interior. Que mi paz sea honda, profunda y no esté al vaivén de mis sentimientos propios. Que aprenda a ser feliz por estar contigo, por saber que eres mi padre y me amas con inmensa ternura.

Y que aprenda, como el leproso samaritano, a ser agradecido.

FRASE: “Con razón se asigna la noche al llanto, el día al gozo. Primero, porque cuando pecamos se aparta de nosotros la luz de la gracia divina; cuando nos reconciliamos, retorna. Segundo, porque esta vida, en la que lloramos los pecados y suspiramos gimiendo por la patria, es tiempo nocturno en el que no vemos a Dios, Sol de justicia. La vida futura será el día en que veremos a Dios como es”. (Bellarmino)

¿Sobre qué estoy sosteniendo mi vida? ¿Sobre la arena movediza de mis propias seguridades o sobre la roca firme de Dios?