Una Madre de la Patria

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P. RENÉ CESA CANTÓN

“Se encorvó entre sus pies, cayó acostado;

Se encorvó entre sus pies, cayó;

Encorvado, allí mismo cayó desecho” (Jueces 5,27)

Es como si de una película hubiéramos extraído un fotograma o una secuencia restringida. Nuestro fragmento, de hecho, representa una escena que pertenece a una trama de contornos más bastos. Nos encontramos al interior de uno de los más antiguos y admirables documentos de la poesía hebrea, la oda heroica de Débora, la madre de la patria de Israel en uno de los momentos más difíciles, después de la conquista de la tierra de Canaán. La reacción de los pueblos indígenas no podía faltar, sobre todo porque el pueblo hebreo no tenía todavía un Estado unitario, pero las diferentes tribus eran regidas por gobernantes llamados “jueces”.

Algunos de ellos eran designados por votación en el interior de la tribu, otros —como en el caso de Débora (cuyo nombre significa abeja)— eran elegidos por aclamación en ocasión de acontecimientos dramáticos como salvadores de la nación. En el himno, que es espléndido literalmente y apasionado espiritualmente, se canta la lucha triunfal de algunas tribus radicadas en el Norte de la tierra prometida comprometidos contra un potente reino local, aquel de Jabín rey de Hazor, ciudad a un hoy visitable como imponente sitio arqueológico. Débora carga a los combatientes hebreos guiados por el general Barak y ellos entonan una suerte de hurra militar que en el original es rimado: ¡Despierta, despierta Débora! ¡Despierta, despierta, entona un canto! (Jueces 5,12)

Se desata la batalla en el área de Megidó, otra importante ciudad estratégica cananea, y Dios mismo parece ponerse de la parte de Israel porque se desata un violento temporal que va a desbordarse en torrente principal de aquella llanura: los carros de guerra de Jabín permanecen, así, empantanados en el terreno mojado por la lluvia y las tropas ligeras de los hebreos logran poner en fuga aquella que parecía una armada invencible. El comandante enemigo, el general Sísara, es obligado a la fuga, como todos sus soldados. Es en este punto que se inicia nuestra secuencia.

Estamos en un pequeño campamento de semi sedentarios. En el lumbral de su tienda una mujer, Giaele, mujer de un quenita (una población local que evocaba el nombre de Caín) ve esconderse en el Horizonte Sísara cansado y exhausto de la fuga lo reconoce y finge de hospedarlo reconfortándolo. Extremado, él se adormenta. He aquí entonces, Giaele en acción: “Con la izquierda agarro el clavo, con la derecha el martillo del obrero, golpeo a Sísara, machacándole el cráneo, lo destrozo a travesándole las sienes” (Jueces 5,26). Ella, pues, recurre a un gancho que tenía fija la tienda y lo planta en el cráneo del general. Se encorvo entre sus pies, cayó acostado; se encorvo entre sus pies, cayó; encorvado, allí mismo cayó desecho. (5,27)

El trato de realzarse, pero en vano. Tres verbos reproducen visiblemente la escena: “Se encorvo, cayó y se encorvo” la triple repetición de estos verbos extiende y alarga el derrumbamiento del guerrero, haciéndolo símbolo de la caída de un reino. Naturalmente estamos en presencia de un sentimiento de índole nacionalista que confirma en qué medida la Biblia se ha “encarnada” en una historia y asuma la característica y también el peso de esa historia. Para el creyente la acción divina debe ser tomada a través de los acontecimientos humanos que reflejan la cultura y la mentalidad de una época. El himno con un hábil montaje pasa el final el objetivo a la corte de Hazor, donde la madre de Sísara, ilusa, espía el camino desde la ventana del palacio poniendo atención al regreso triunfal del hijo.

El retraso es justificado por la “más sabia princesa” (la ironía es evidente) con una motivación obvia a sus ojos: demasiado pesado es el botín de guerra con vestidos, joyas, mujeres de Sísara está ocasionando un retraso en la marcha. El grito final entonado por Débora y de todo el coro es en el estilo de la “guerra santa”, también se sobreentiende el tema de Dios que se coloca de parte de los débiles y de los opresores: ¡Perezcan así, Señor, tus enemigos! ¡tus amigos sean fuertes como el sol al salir en todo su esplendor!