La fe ante las dificultades

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P. René Cesa Cantón

La asamblea se reúne cada domingo para celebrar la fe, es decir, para profesarla, madurarla, cuestionarla. Se trata de ponernos delante de Dios en medio de los hermanos. Recordemos que, de niños, fuimos educados en la fe-religión alejada de la vida, ajena a los profundos cambios sociales y previa a la renovación conciliar. Ni hoy es válida una fe que prescinde del contexto social, ni es suficiente para los cristianos una búsqueda de la justicia que no guarde relación con la fe.

En determinados ámbitos, Dios está hoy como “dormido” o ausente, en tanto que la Iglesia parece que “se hunde”. Vivimos en una sociedad fría y anónima que trata de hallar oasis o refugios, en medio del “fuerte huracán” del hambre, las epidemias, la guerra, la muerte… Tenemos “miedo” a la libertad, al compromiso, a los riesgos, a las decisiones… Buscamos en exceso seguridades. La cobardía es claudicación ante la dificultad, cese en la lucha, huida del combate. La fe, en cambio, tiene mucho de audacia y de coherencia.

La fe cristiana es esperanza y disposición abierta de ánimo, atención a la vida y adhesión a Jesús. Hay que cruzar las aguas, “ir a la orilla”, dar el salto decisivo. La fe no es quietud, sino pasión, encarnación en el mundo. Con la confianza que da la fe cristiana cesa el “viento” y llega la “calma”, que es la nueva creación.

Para reflexionar:

¿Cómo reaccionamos los cristianaos ante las dificultades?

¿Con qué lenguaje nos dirigimos entonces a Dios?

Salmo responsorial 106

Demos gracias al Señor por sus bondades.

Los que la mar surcaban con sus naves,

por las aguas inmensas negociando,

el poder del Señor y sus prodigios

en medio del abismo contemplaron.

Habló el Señor y un viento huracanado

las olas encrespó;

al cielo y al abismo eran lanzados,

sobrecogidos de terror.

Clamaron al señor en tal apuro

y él los libró de sus congojas.

Cambió la tempestad en suave brisa

y apaciguó las olas.

Se alegraron al ver la mar tranquila

y el Señor los llevó al puerto anhelado.

Den gracias al Señor por los prodigios

Que su amor por el hombre ha realizado.

Oraciones sálmicas

“Se les iba agotando la vida”

Señor, cada día que pasa me siento más débil, más limitado. Ya no tengo la fuerza que antes tenía. Me canso, me fatigo. Siento los años como un peso que cae sobre mí y no los puedo evitar. La vida se va agotando poco a poco. ¿Qué hacer? No quiero revelarme ni desesperarme ante esta situación. Quiero afrontarla con paz, con serenidad. Y, sobre todo, con fe. Como san Pablo, diré que lo que se desmorona en mí es sólo el hombre exterior; pero el hombre interior, el verdadero hombre, que está unido a ti se va renovando, se ha rejuvenecido día a día. Tú, Señor, eres el eternamente joven. Haz que yo participe de tu eterna juventud.

“Destrozó las puertas de bronce, quebró los cerrojos”

En este mundo que vivimos hay demasiadas puertas de bronce, demasiados cerrojos. Hay mucha gente encarcelada. Unos están en las cárceles fabricadas por los hombres pagando una condena. Otros llevan la cárcel consigo. Son esclavos de sus vicios, sus pasiones, su egoísmo. Señor, rompe todos los cerrojos. Destruye las mazmorras. Aniquila las cárceles. Haznos personas libres, pero libres de verdad. Danos la libertad para poder realizarnos como personas; para poder orientar nuestros pasos hacia el bien; para buscarte a ti de una manera gozosa y espontánea. Haznos libres para gozar de la libertad.

“Apaciguó la tormenta en suave brisa”

Señor, siempre me admira tu exquisito proceder. Nunca te conformas con mínimos. Siempre buscas el exceso, el derroche, la propina. No te limitas a erradicar nuestro mal. Quieres hacernos positivamente el bien. Una fuerte tormenta siempre impresiona, impone, da miedo. El evitar la tormenta ya es mucho. Pero tú no te conformas con eso. Nos envías la suave brisa como una presencia envolvente que refresca y acaricia. Danos la gracia de poder vivir siempre en la suave brisa de tu Espíritu.